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Hacer de la política una actividad inteligente y virtuosa al alcance de todos los hombres.

Juan B. Justo
 

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PRINCIPIOS ELEMENTALESDEL SOCIALISMO - Leo Huberman -Adaptación: Partido Socialista Auténtico (Santa Fe)(2004)

Primera Parte
 
EL ANÁLISIS SOCIALISTA DEL CAPITALISMO.
 
 
1.- La lucha de clases
 
No importa que las personas sean ricas o pobres, fuertes o débiles, blancas, amarillas o cobrizas, porque en cualquier parte que se encuentren deben producir y distribuir las cosas que necesitan, a fin de poder vivir.
El sistema de producción y distribución que conocemos en Argentina se llama capitalista. Casi todos los países en el mundo tienen hoy el mismo sistema.
A fin de producir pan, vestuario, casas, revistas, medicinas, escuelas, estas y demás cosas, se necesitan dos elementos esenciales:
1.-Tierras, minas, materias primas, máquinas, fábricas: Lo que los economistas llaman "medios de producción".
2.- Trabajo: Obreros que utilizan su fuerza y pericia aplicándolas sobre los medios de producción, obteniendo las cosas necesarias.
En Argentina, así como en otros países capitalistas, los medios de producción no son de propiedad pública, de todos. La tierra, las materias primas, las fábricas, máquinas, son propiedad de individuos -los capitalistas-. Éste es un hecho de enorme importancia. La circunstancia de que una persona sea dueña o no de medios de producción determina su posición dentro de la sociedad. Si Ud. pertenece al reducido grupo de propietarios de medios de producción -la clase capitalista-, Ud. puede vivir sin trabajar. Si Ud. pertenece al numeroso grupo que no posee medios de producción -la clase trabajadora-, Ud. no puede vivir, a menos que trabaje.
Una clase vive de sus propiedades, la otra clase vive de su trabajo. La clase capitalista obtiene sus rentas mediante el empleo de otras personas para que trabajen por ella; la clase trabajadora gana su renta en la forma de salario por el trabajo que hace.  
Ya que el trabajo es esencial para la producción de mercaderías que necesitamos a fin de poder vivir, alguien podría suponer que, aquellos que hacen el trabajo -la clase trabajadora- estarían muy bien recompensados. Pero no lo están. En la sociedad capitalista, no son aquellos que trabajan los que se llevan la gran parte de las rentas, sino los propietarios, dueños de los medios de producción.

La ganancia es la fuerza que mueve las ruedas de la sociedad capitalista. El hombre de negocios más exitoso es aquel que paga lo menos posible por la compra y trata de obtener el máximo por lo que vende. El primer paso en el camino hacia las grandes ganancias es reducir los gastos. Uno de los gastos de producción son los salarios de los trabajadores. Está en el interés del patrón, por lo tanto, pagar salarios tan bajos como sea posible.

Los intereses de los dueños de medios de producción y de los hombres que trabajan para ellos, son opuestos. Para los capitalistas, la propiedad está en primer lugar, los hombres en segundo lugar. Para los trabajadores, el hombre -ellos mismos- está en primer lugar, la propiedad está en segundo lugar. Por eso es que, en la sociedad capitalista, hay siempre un conflicto entre las dos clases.           

Ambos bandos en la lucha de clases actúan en la forma que lo hacen, porque tienen que hacerlo así. El capitalista tiene que obtener ganancias para permanecer como capitalista. El trabajador tiene que luchar por salarios decentes para poder sobrevivir. Una clase puede tener éxito solamente a expensas de la otra.

Todas las conversaciones acerca de la "armonía” entre el capital y el trabajo, no tiene mayor sentido. En la sociedad capitalista no puede existir tal armonía, porque lo que es bueno para una clase es malo para la otra, y viceversa.      

 
 
2.- La Plusvalía
 
En la sociedad capitalista, el hombre no produce las cosas que necesita, a fin de satisfacer sus propios deseos, sino que produce cosas a fin de vendérselas a otro. Antiguamente las personas producían las cosas para su propio uso, pero hoy día ellas producen mercadería para el mercado.

El sistema capitalista descansa sobre la producción y cambio de mercaderías.

El trabajador no posee medios de producción. El puede ganarse la vida solamente en una forma: Arrendándose él mismo por el pago de un salario a aquellos que lo emplean. Él entra al mercado con una mercadería que vender: Su capacidad para trabajar, su fuerza de trabajo. La fuerza de trabajo es lo que el empleador compra del obrero. Por esa fuerza el empleador le paga un salario. El trabajador vende su mercadería, la fuerza de trabajo, a cambio de la cual el patrón lo retribuye con un salario.
¿Cuánto será el salario que ganará? ¿Qué determina el monto de su salario?
La clave de la respuesta está en el hecho de que lo que el trabajador tiene que vender es una mercadería. El valor de su fuerza de trabajo, así como el de cualquiera otra mercadería, está determinado por el total de tiempo de trabajo socialmente necesario para producirla. Pero puesto que la fuerza de trabajo del obrero forma parte de él mismo, el valor de su fuerza de trabajo es equivalente a los alimentos, vestuario y habitación necesarios para mantenerlo vivo (y dado que la oferta de trabajo debe aumentar, para sostener una familia).
En otras palabras, si el dueño de una fábrica, mina o molino quiere que alguien le trabaje cuarenta y ocho horas semanales, debe pagarle al que trabaja, lo suficiente para sobrevivir y permitirle criar una familia que lo reemplace cuando llegue a viejo y no pueda trabajar, o bien muera.
Los trabajadores obtendrán, entonces, en retribución a su fuerza de trabajo, salarios de subsistencia y (en algunos casos) un poco más para permitirles comprar una radio, un reloj, o una entrada al teatro de cuando en cuando.
¿Significa esta ley económica que los trabajadores tenderán a obtener meros salarios de subsistencia, y que la acción política y de los sindicatos de obreros es inútil? No, definitivamente no es así. Por el contrario, los trabajadores, a través de sus sindicatos, han sido capaces, en Argentina y en otros países, de elevar los salarios por sobre el mínimo del nivel de subsistencia. Y es muy importante tener presente que esa es la única forma abierta a los trabajadores para resguardarse en algo de esa ley económica que opera durante todo el tiempo.
¿De dónde provienen las ganancias de los capitalistas?
La respuesta hay que encontrarla en que las ganancias, en general, están en el proceso de producción, y no en el intercambio de las mercaderías. Las ganancias que percibe la dase capitalista surgen de la producción.
Los trabajadores, al transformar las materias primas en artículos terminados, traen al mundo una nueva riqueza; crean, en otras palabras nuevos valores. La diferencia entre lo que el trabajador recibe en salarios y el monto de nuevo valor que él ha agregado a las materias primas, es lo que se guarda el patrón.

De ahí de donde provienen las ganancias de la clase capitalista.

Cuando un trabajador se arrienda a sí mismo a un patrón, él no le vende al patrón lo que produce; lo que el obrero vende al empleador es su capacidad para producir.
El empleador no le paga al trabajador por el producto de ocho horas de trabajo; el patrón le paga para que trabaje durante ocho horas.
El obrero vende su fuerza de trabajo por todo lo que dure la jornada diaria —digamos ocho horas—. Ahora, supongamos que el tiempo necesario para producir el valor que el obrero recibe en salario es de cuatro horas. El obrero no se detiene ahí y se va a su casa. De ninguna manera. El ha sido alquilado para trabajar ocho horas. El tiene que continuar trabajando otras cuatro horas. En estas cuatro horas él está trabajando no para sí mismo, sino para su patrón. Una parte de su trabajo es pagada, la otra parte es trabajo no pagado. Las ganancias del empleador tienen su origen en el trabajo no pagado.
Tiene que existir una diferencia entre lo que el trabajador recibe y lo que él produce, pues de otra manera el patrón no le daría trabajo. La diferencia entre lo que el trabajador recibe en salarios y el valor de la mercadería que él produce, se llama plusvalía.         
La plusvalía es la ganancia que va a manos del patrón. Éste compra la fuerza de trabajo a un precio y vende el producto del trabajador a un precio más alto. La diferencia —la plusvalía— se la guarda para él.
 
 
3.— La Acumulación de Capital
 
El capitalista empieza su negocio con dinero. Con dinero él compra medios de producción y fuerza de trabajo. Los trabajadores, al aplicar sus fuerzas de trabajo sobre los medios de producción, producen mercaderías. El capitalista toma estas mercaderías y las vende por dinero. El total de dinero que él recibe al final del proceso debe ser mayor que el total con que ha comenzado. La diferencia es su ganancia.
Si el total de dinero que él obtiene al final del proceso no fuera mayor de lo que tenía al comienzo, entonces no habría ganancia y pararía la producción. La producción capitalista no empieza ni termina con las necesidades del pueblo. Ella comienza y termina siempre con el móvil del dinero.
Una suma de dinero no puede convertirse en una suma de dinero mayor estando ocioso, atesorado. Solamente puede crecer cuando se usa como capital, es decir, comprando medios de producción y fuerza de trabajo, obteniendo de esta manera una participación en las nuevas riquezas creadas por los trabajadores cada hora, cada día y durante todo el año.
Se trata de un verdadero círculo. El capitalista busca más y más ganancias, a fin de acumular más capital (medios de producción y fuerza de trabajo), con más capital obtiene más ganancias, con más ganancias acumula más capital, con más capital él puede, etc.
Ahora bien, la forma de aumentar las ganancias es conseguir que los trabajadores produzcan más mercaderías, cada vez más rápido, y cada vez a menores costos.
La idea no está mal, pero ¿cómo lo consiguen? Máquinas y "racionalización" es la respuesta. Mayor división de trabajo. Velocidad.
Producción en masa. Mayor eficiencia en las fábricas. Más máquinas.
Máquinas automáticas que permiten al trabajador producir tanto como media docena de obreros anteriormente, tanto como diez, veinte, cincuenta.
Los trabajadores que quedan "superfluos" por el uso de maquinarías, se convierten en el "ejército industrial de reserva", constituido por hombres a punto de morirse de hambre y que, por su misma existencia, ayudan a mantener bajos los salarios de aquellos que han tenido la suerte de mantener sus empleos.
Las máquinas crean no solamente una población "excedente" de, trabajadores, sino que también transforman el carácter del trabajo. El trabajo no calificado, mal pagado, ante una máquina moderna funciona con la misma eficiencia que el trabajo calificado, mejor pagado, deprimiéndose el nivel de los salarios. Los niños pueden ocupar el lugar de los adultos en las fábricas; las mujeres pueden reemplazar a los hombres.
La competencia obliga a cada capitalista a buscar los medios a fin de producir las mercaderías más baratas que los demás. Mientras menor sea "el costo por unidad de trabajo", más posibilidades hay de sobrepasar a los competidores y seguir haciendo ganancias. Con la extensión del uso de la maquinaria, el capitalista está en condiciones de que los trabajadores produzcan más y más mercaderías, cada vez más rápidamente y a menores costos.
Pero las maquinarias nuevas y mejoradas que hacen posible esta situación cuestan sumas elevadas de dinero. Significan una producción en mayor escala que antes; significan fábricas cada vez más grandes. En otras palabras, significan la acumulación de más y más capital.
El capitalista no tiene posibilidad de elegir. Las ganancias más grandes son para los capitalistas que utilizan los métodos técnicos mas avanzados y eficientes. De esta manera los capitalistas se ven obligados al mejoramiento de sus instalaciones. Pero estos mejoramientos requieren de más y más capital. Para permanecer dentro del mundo de los negocios, para afrontar la competencia de otros y preservar lo que tiene, el capitalista debe expandir constantemente su capital.
No solamente él desea más ganancias para acumular más capital y poder hacer mayores ganancias todavía, sino que él está forzado a hacerlo por la naturaleza misma del sistema.
 
 
4.- Los Monopolios
 
Uno de los mitos más grandes que se ha hecho tragar al pueblo argentino es la afirmación continuamente repetida de que nuestro sistema económico es uno de “libre empresa privada”.
Esto no es efectivo. Solamente una muy pequeña parte de nuestro sistema económico es competitivo, libre, individualista. El resto —y con mucho la parte más importante— es exactamente lo contrario: está monopolizado, controlado por un puñado de empresas.               
La competencia, de acuerdo con la teoría, era una cosa muy bonita. Pero pronto los capitalistas encontraron que la teoría no calzaba con la práctica. Encontraron que la competencia disminuía las ganancias, mientras que el acuerdo y la combinación las aumentaban.
Si ellos estaban interesados en las ganancias máximas, entonces, ¿para   qué competir? Era mucho mejor, desde su punto de vista,  ponerse de acuerdo.
El sistema económico argentino está dominado por un puñado de grandes monopolios. Unas pocas empresas privadas y extranjeras dominan la extracción y refinación del petróleo tras la privatización de YPF. Los comerciantes menores del ramo, por ejemplo los dueños de estaciones de servicio, están condenados a aceptar las condiciones que les imponen aquellas. En la construcción, una sola empresa controla el 48 % del mercado, y el resto se reparte entre otras pocas. Casi toda la producción agrícola exportada es comercializada a través de un puñado de grandes cerealeras. La tecnificación, el uso de fertilizantes, transgénicos, etc. está aumentando dramáticamente la dependencia de miles de agricultores de poquísimas grandes compañías multinacionales, cuyas políticas moldean a todo el sector.
Así podríamos seguir y veríamos que en cada una de las ramas productivas unos pocos empresarios (que las más de las veces actúan mediante acuerdos entre ellas, llamados pools o carteles) dominan  toda la economía.
Capítulo aparte merecen las privatizaciones, que al devolver servicios e infraestructuras básicas, utilizadas por todo el aparato productivo (teléfonos, ferrocarriles, puertos, rutas con peajes, producción de energía, líneas aéreas, provisión de agua y cloacas, etc.) a empresas privadas, acentuaron dramáticamente esta realidad. Tanto más cuando los principales accionistas de las mismas suelen serlo también de bancos, otras empresas monopólicas, etc.        
En general, mientras más desarrollado esté un país capitalista, más monopolizado estará su sistema económico. Los Estados Unidos, el país capitalista más avanzado, es el más dominado por los monopolios. Ahí, prácticamente, ninguna actividad se escapa al monopolio: el petróleo,  el acero, azúcar, whisky, hierro, carbón, aviación, ferrocarriles, cigarrillos, barcos, etc.
El monopolio permite a los monopolistas alcanzar su propósito de hacer tremendas ganancias. Las industrias que tienen competencia hacen ganancias en los tiempos buenos, y tienen pérdidas en los tiempos malos. Pero con los monopolios la cosa es diferente: Ellos tienen ganancias enormes en todo tiempo, sea que los tiempos sean buenos o malos. Y los monopolios extranjeros llevan el estandarte en ésto de las ganancias.
Cuando surgen fuertes protestas por los abusos de los monopolios y del peligro que encierra el hecho de que la riqueza esté concentrada en tan pocas manos, no faltan los defensores de los grandes consorcios que niegan que el cuadro sea tan malo. Estos defensores dicen que si bien es cierto las utilidades son altas, ellas son distribuidas entre miles de accionistas. Sostienen que existe una distribución adecuada de las acciones y pretenden hacer creer que los verdaderos dueños de las empresas son miles de personas modestas que sólo tienen un par de acciones. Muchas personas se han tragado esta afirmación de la propaganda norteamericana. Aquí, nadie cree que el "pueblo" sea el dueño de las empresas, pero la propaganda trata de hacer creer que sí lo es en los Estados Unidos.
Veamos lo que pasa en ese país.
El número de accionistas de una compañía puede, en verdad, ser muy grande. Pero esto no dice nada. Lo que es significativo es Cuántos tienen cuánto. Lo que tiene importancia es cómo se distribuyen las ganancias entre los accionistas. Y en tanto usted conoce las cifras, encuentra que "el pueblo", como un todo, participa de una microscópica parte de la industria norteamericana, mientras un puñado de grandes propietarios son los dueños efectivos de la industria y se llevan las colosales ganancias.
 
El presidente Roosevelt reconoció esta situación, en su mensaje, al Congreso en 1938, cuando dijo:
   "El año 1929 fue el año en que mejor distribuido estuvo el mercado de accionistas. Pero incluso en ese año, tres décimos de uno por ciento de la población recibió el 78 % de los dividendos percibidos por las personas. Esto es lo mismo que decir que por cada 300 personas de nuestra población, una percibió 78 centavos por cada dólar repartido en dividendos, mientras que las otras, 299, se dividieron entre ellas los 22 centavos restantes".
Y, desde 1929 hasta ahora, la riqueza ha seguido concentrándose, y nuevos y más gigantescos monopolios han surgido.
 
 
5.— La Distribución de la Renta     
 
En el sistema capitalista, la mayor parte de la renta que se genera en el proceso productivo, va a parar a manos de los dueños de producción. En Argentina, la desigualdad es tan grande, que el decil (10 %) más rico de la población, se apropia del 44,6 % del ingreso nacional, mientras que el decil más pobre sólo recibe el 0,9 %, o sea que en promedio los últimos ganan 50 veces menos que los primeros[1]. Aquí, nadie le creería a alguien que dijera que el pueblo está recibiendo una retribución "justa”, que le permite vivir decentemente. Pero con frecuencia se argumenta que ésto se debe a que el país no está lo suficientemente desarrollado y que una vez que lo esté, el pueblo si vivirá en mejores condiciones. Se pone como ejemplo de país donde el obrero vive bien, a los Estados Unidos. Se dice que debemos seguir el ejemplo de ese país.
No es efectivo que los norteamericanos vivan tan bien. La verdad es que mientras una minoría afortunada vive a todo lujo, una gran parte vive modestamente. En Washington y otras grandes ciudades de los EEUU, una gran cantidad de “homeless” (sin hogar) viven en la calle. Sólo en San Francisco, se calculan unos diez mil.[2] El número de hogares por debajo de la línea de pobreza era del 11,7 % de la población total, trepando a un 22,7 % entre los negros y 21,4 % de los hispanos.[3]
En los Estados Unidos, así como en los demás países capitalistas a lo largo de los años ha existido un continuo proceso de aumento de la producción de bienes y servicios. Muchas cosas útiles y prácticas están ahora al alcance del pueblo.
Sin embargo, la capacidad del pueblo para adquirir estas cosas no aumenta con la misma velocidad en que aumenta la producción. La proporción de la renta nacional que percibe el pueblo es muy pequeña, para permitir a todos comprar las cosas que harían más agradable la vida de los trabajadores.
Es cierto que los obreros de los Estados Unidos viven mejor que los argentinos, como también es cierto que los argentinos viven mejor que los obreros bolivianos. Pero en un caso significa, no que los obreros norteamericanos vivan bien, sino que nosotros estamos muy mal; y en el otro caso, no significa que los obreros argentinos vivan bien, sino que los trabajadores bolivianos están en una situación todavía peor que la nuestra. Y ciertamente estaría engañando a su pueblo el dirigente boliviano que dijera que Argentina es el paraíso de los trabajadores.
A nivel mundial –téngase en cuenta que el capitalismo es hoy ampliamente predominante en casi todo el planeta-, 1.300.000 millones de personas viven con menos de 1 u$s por día, mientras que la riqueza de los 3 individuos más ricos del mundo es superior a al ingreso de los 43 países más pobres.
A su vez 25.000 personas mueren de hambre y pobreza cada día, o sea casi la misma cantidad que fallecían durante la mayor masacre de la Historia, la Segunda Guerra Mundial. La FAO (Organización de la ONU para la Agricultura y la Alimentación) ha reconocido el fracaso de los planes para cambiar esta realidad.[4]
 

 
6.— Crisis y Estancamiento
 
Las cifras respecto de la distribución (o mejor dicho, la mala distribución) de la renta revelan una de las debilidades básicas del sistema capitalista en su aspecto económico.
La renta que percibe la masa del pueblo es, por regla general, demasiado pequeña para consumir la producción corriente de la industria, y mucho menos permite la ampliación del mercado interno.
La renta de la clase rica es, por regla general, demasiado grande como para hacer inversiones productivas en un mercado tan limitado por la pobreza de los muchos.
El grueso de la población querría comprar más cosas y dar utilización a la capacidad ociosa de las industrias; pero no tiene el dinero suficiente. Los pocos que tienen el dinero, tienen tanto que no saben en qué gastarlo, a pesar que recurren a todo tipo de consumos innecesarios, ostentosos y extravagantes: Bill Gates, el dueño de Microsoft tiene una casa cuyas paredes cambian de color con el estado de ánimo del dueño; Silvio Berlusconi, el hombre más rico de Italia y “casualmente” su jefe de gobierno; posee, entre otras, una residencia tan grande como el Estado Vaticano, 27 habitaciones, cataratas artificiales y  y un anfiteatro griego.[5]
Existe mercado interno para una producción en términos de necesidades de los trabajadores; no existe en términos de capacidad de éstos para comprar los bienes que necesitan. A pesar de ello, y precisamente por la necesidad desesperante de colocar más productos, los capitalistas despilfarran enormes sumas en publicidad, a los fines de crear artificialmente nuevas necesidades. En 1998 se calculaba en 435 millones de u$s anuales (más de 5 veces el ingreso total de toda la población de los países pobres).[6]
El resultado de esta situación son el estancamiento y las depresiones periódicas del sistema.
La globalización no ha resuelto este problema básico del capitalismo, pero le ha dado características propias. La superproducción a nivel mundial en la década de los ´90, derivó en una serie de crisis que se fueron trasladando de país en país: Efecto “tequila”, crisis de Tailandia, efecto “caipirinha”, etc. Es decir que la mayor o menor capacidad de los dirigentes de cada país para sortear la coyuntura les permitían sacarse de los hombros lo más pesado y trasladar la recesión a otros países; pero el trasfondo era el mismo, el problema uno solo: Las periódicas crisis de superproducción que el capitalismo presenta desde sus orígenes.
Para retener la ganancia máxima, el capitalista paga tan poco como le sea posible, a sus trabajadores.
Para vender el máximo y seguir aumentando la producción, el capitalista debería pagar el máximo a los trabajadores.
El capitalista no puede hacer ambas cosas.
Bajos salarios para tener altas ganancias; pero, al mismo tiempo, para el sistema capitalista como un todo; los bajos salarios impiden la realización de las ganancias al reducirse la demanda por bienes.
La contradicción es insoluble.
Dentro del marco del sistema capitalista, no existe ninguna salida. El estancamiento y la depresión estarán siempre con nosotros.
Después de la gran crisis de los años 30, pareció que el capitalismo había agotado, para siempre, su capacidad de expansión. De aquí que las preocupaciones de sus defensores estuvieran centradas en mantener la presión en un mínimo y hacerla tolerable al pueblo.
Pero los paliativos inventados por los economistas burgueses no funcionaron. La gente quería trabajo y las posibilidades del sistema de darlo eran muy remotas. De acuerdo con J. M. Keynes, el famoso economista burgués contemporáneo, "La evidencia indica que la ocupación plena, o siquiera aproximadamente plena, es de ocurrencia muy rara y de corta vida".
Pero la gente buscaba trabajo y el sistema, si quería sobrevivir, tenía que dárselo. Había una sola forma en que el sistema capitalista podía proveer trabajo. Una, bajo la cual los paralizantes defectos del capitalismo —el subconsumo al lado de la sobreproducción— podían superarse. Había un remedio para la fatal enfermedad del capitalismo, de las crisis y el estancamiento: La guerra.
Después de la crisis de los años 30, se ha hecho evidente que la guerra y la preparación para la guerra, solamente, permitían, al capitalismo internacional, funcionar de manera de proporcionar trabajo suficiente a los hombres, utilizar las maquinarias y material. De una situación de enorme desempleo en los principales países capitalistas antes de la Segunda Guerra Mundial, se pasó rapidamente a otra en la que los trabajadores ya no alcanzaban (especialmente al haberse convertido muchos de ellos en soldados) y hubo que incorporar masivamente a las mujeres, y en el caso del nazismo, a los trabajadores esclavos de los países sometidos.
Tras el fin de la Guerra Fría, la continuidad del armamentismo (el presupuesto militar de los EEUU supera hoy los 400.000 millones de dólares, casi 3 veces el Producto Bruto Interno de Argentina), las guerras de Yugoslavia, Afganistán e Irak, muestran que la necesidad del capitalismo de recurrir a la guerra para destruir grandes cantidades de riquezas y vidas que no es capaz de encauzar constructivamente en paz, sigue completamente vigente.
Mantener elevada la tasa de ganancia requiere imprescindiblemente de las grandes “oportunidades de negocios”, que la guerra implica. Ello no se limita a la conquista militar de mercados, campos petrolíferos, etc. Comienza con las industrias de armamentos, radares, satélites, comunicaciones militares, etc; sigue con las “empresas” privadas que crecientemente intervienen en las guerras haciendo tareas muchas veces vedadas a los ejércitos regulares, y culminan en los negocios de la “reconstrucción” de Kosovo, Irak, etc; que previamente las propias tropas han destruido. El análisis de los ciclos económicos de los EEUU entre 1900 y 1960 muestra que la mayoría de los principales momentos de mayor auge económico fueron los de la 1ª y 2ª Guerra Mundiales y la de Corea. La Segunda en especial fue la mejor etapa de la economía.[7] A más muerte y destrucción, mejores negocios para los capitalistas.
 
 
7.— El Imperialismo y la Guerra
 
En las potencias capitalistas avanzadas el desarrollo de la gran industria monopólica trajo consigo una expansión muy grande de las fuerzas productivas. La capacidad de los industriales para producir mercaderías, crecía más rápidamente que la capacidad de sus conciudadanos para consumir la producción.
Esto significó que, los industriales tuvieran que vender sus bienes fuera de su mercado interno. Estaban obligados a encontrar mercados extranjeros que absorbieran los excedentes de manufacturas.
¿Dónde encontrarlos?
Había una respuesta: las colonias y países dependientes.
La necesidad de encontrar mercados para los excedentes de manufacturas era solamente una parte de la presión sobre las colonias y países atrasados. La producción en masa, en gran escala, necesita de grandes abastecimientos de materias primas. El caucho, petróleo, salitre, cobre, estaño, níquel, todas éstas y muchas otras más, eran materias primas necesarias a los monopolios de las grandes potencias capitalistas. Los monopolios buscaban adueñarse o controlar las fuentes de estas materias primas tan necesarias. Este fue el segundo factor en el desarrollo del imperialismo.
Pero más importante que cualquiera de éstas presiones fue la necesidad de encontrar un mercado para otro excedente: El excedente de capital.
Esta fue la causa principal del imperialismo.
La industria monopolista trajo inmensas ganancias a sus dueños. Superganancias. Más dinero del que sus dueños sabían hacer con él. Más dinero del que podían gastar. Más dinero del que podían invertir en su propio país y obtener una buena ganancia. Una sobreacumulación de capital.
Esta alianza de industria y la finanzas, que busca ganancias en los mercados externos colocando manufacturas y capital excedentes, fue la fuente del imperialismo. El economista inglés J. A. Hobson, ya en el ano 1902, dijo en su libro sobre este tema: "El imperialismo es el esfuerzo de los grandes consorcios industriales para ampliar los canales para sus excedentes de riqueza, mediante la búsqueda de mercados extranjeros y las inversiones en el extranjero, llevando las mercaderías y el capital que no tienen venta o utilización en casa". V. I. Lenin, el genial continuador de la doctrina de Marx y Engels, desarrolló la interpretación marxista del imperialismo en su libro "El imperialismo, fase superior del capitalismo". El trato a que son sometidos los pueblos coloniales y los países dependientes varía de tiempo en tiempo y de lugar en lugar. Pero las atrocidades del imperialismo fueron y son generales y ninguna nación imperialista tiene limpias sus manos. Un escritor no marxista, Leonard Woolf, refiriéndose a las naciones europeas, decía: "Así como en los países de Europa han aparecido, en los últimos cien años, clases sociales claramente definidas, los capitalistas y los obreros, los explotadores y los explotados, así también en la sociedad internacional han aparecido clases claramente definidas, las potencias occidentales europeas y las razas oprimidas de África y Oriente: la una dirigiendo y explotando; la otra, dirigida y explotada".
Se dice que los Estados Unidos, por el hecho de no tener grandes colonias, no ha sido y no es una potencia imperialista. Esto no es efectivo: Los Estados Unidos han sido y son tan imperialistas como las potencias europeas. La política gubernativa, el dinero de las arcas fiscales, y la fuerza del gobierno norteamericano, han sido siempre usados para defender las ganancias y las inversiones de los grupos monopolistas. Hasta el propio presidente Taft tuvo que reconocer la estrecha connivencia que existía entre los monopolios capitalistas y la política gubernativa: "Aun cuando es conveniente que nuestra política exterior no se separe del recto camino de la justicia, puede ser muy necesario que ella esté revestida de una activa intervención, a fin de asegurar a nuestros negociantes y capitalistas, las oportunidades de inversiones jugosas".
Durante todo el siglo veinte, en cada gran potencia industrial el monopolio capitalista siguió desarrollándose, y junto con él creció el problema de qué hacer con los excedentes de capital y de mercaderías. Cuando los distintos gigantes que controlan sus propios mercados nacionales se enfrentaron en los mercados internacionales, hubo, en un comienzo, competencia —larga, dura y amarga—. En seguida vinieron los acuerdos, las asociaciones, los carteles, en escala internacional.
Con estas grandes asociaciones internacionales que pactaban acuerdos para repartirse el mercado mundial, parecería que la competencia aflojaría y se entraría en un largo periodo de paz. Pero esto no sucedió, porque las relaciones de fuerza entre las potencias y los monopolios cambian constantemente. Algunas compañías siguieron creciendo cada vez más poderosas, mientras que otras declinaban. Lo que en un principio fue un reparto aceptable, se, transformó, después, en algo inaceptable. Comenzó el descontento en los grupos poderosos y la lucha por una cuota mayor. Cada gobierno se aferró a la defensa de los monopolios de su país. El resultado inevitable fue la guerra.
El imperialismo conduce a la guerra. Pero la guerra no resuelve nada permanente. Los problemas que no pueden resolverse en negociaciones, en torno a una mesa de discusión, no desaparecen tampoco aun cuando la negociación sea. hecha con altos explosivos, con bombas atómicas, con cadáveres y con cuerpos mutilados.
Mientras perdure el imperialismo, éste estará preocupado de buscar, a cualquier precio, mercados para sus excedentes de manufacturas y capital, Y el peligro de un desastre bélico no terminará completamente hasta que el imperialismo no sea reducido a la impotencia por la lucha activa de los trabajadores por el socialismo y la paz entre los pueblos.

8.— El Estado
 
La propiedad privada de los medios de producción es una clase muy especial de propiedad. Entrega a la clase poseedora, el poder sobre la clase desposeída. Permite a sus dueños, no solamente vivir sin trabajar, sino también pueden determinar si los obreros trabajarán o no, y bajo qué condiciones. Se establece una relación de amo a sirviente, con la clase capitalista en la posición de dar órdenes, y la clase trabajadora en la posición de recibir y obedecer,
Es muy comprensible, entonces, que exista un perpetuo conflicto entre las dos clases.
La clase capitalista, a través de su explotación de la clase trabajadora, es graciosamente recompensada con riquezas, poder y prestigio, mientras la clase trabajadora es pagada con la inseguridad, la pobreza y miserables condiciones de vida.
Ahora, es evidente que tiene que haber alguna forma mediante la cual este esquema de relaciones de propiedad —tan ventajoso para unos pocos y tan desventajoso para los muchos— es mantenido. Tiene que existir alguna institución con el poder suficiente dentro del sistema social, capaz de preservar el dominio de la minoría rica sobre la mayoría pobre.
Existe tal institución: Es el Estado.

Es la función del Estado proteger y preservar las relaciones de propiedad existentes, que permiten a la clase capitalista dominar a la clase trabajadora.

Es la función del Estado sostener el sistema de opresión de una clase sobre otra.
En el conflicto entre aquellos que poseen los medios de producción y los desposeídos, los primeros encuentran en el Estado el arma indispensable contra los segundos.
La clase dirigente pretende hacer creer a la gente, que el Estado está sobre las clases: Que el gobierno representa a todo el pueblo, al rico como al pobre, al grande como al chico. Pero, puesto que la sociedad capitalista está basada en la propiedad privada, se deduce que cualquier ataque contra la propiedad privada encontrar la resistencia del Estado, el que recurrirá a la violencia, si es necesario.
Por lo tanto, mientras existan las clases, el Estado no puede estar sobre las clases —tiene que estar siempre del lado de la clase dirigente—. Que el Estado es un arma de la clase dirigente es tan claro, que Adam Smith, el famoso economista del liberalismo, lo entendía perfectamente ya en 1776, en su famoso libro "La Riqueza de las Naciones". Smith escribió: "El gobierno civil, en tanto es instituido para proteger la propiedad, es en verdad instituido para defender al rico contra el pobre, para servir a aquellos que tienen propiedades, contra aquellos que no tienen nada".
La clase que domina económicamente, la que posee los medios de producción, es también la que domina políticamente.
Es efectivo que en una democracia como la argentina, el pueblo vota por sus respectivos candidatos para que vayan al gobierno. Pero esta libertad se reduce en gran parte a elegir a los representantes de los partidos tradicionales y otros que están por la defensa de las relaciones de propiedad existentes. Para poder llegar con un mensaje a grandes masas de electores, es necesario contar con medios de comunicación importantes. Una de las características del proceso de concentración de la riqueza y el poder inaugurado con la dictadura militar y continuado con los gobiernos de Menem y De La Rúa, fue la entrega de los medios de comunicación más importantes a grandes grupos económicos que tienen la posibilidad de impulsar e imponer uno u otro tema, uno u otro candidato. En lo que hace a la propaganda electoral, la gran disponibilidad de recursos económicos por parte de las fuerzas políticas que defienden los intereses de los poderosos, hacen muy desventajosa la lucha de las expresiones políticas que pretendan ser consecuentemente leales a los trabajadores y los oprimidos.
Y, cuando, a pesar de todo, los partidos políticos de la clase trabajadora (o simplemente más permeables a los intereses de ésta) han recibido una gran votación, se recurre a prácticas más desembozadamente antidemocráticas: El fraude contra el radicalismo entre los golpes de 1930 y 1943, la proscripción del peronismo entre 1955 y 1973, el asesinato por la triple A de los militantes del peronismo revolucionario, desde mediados de 1973; el golpe de Estado contra el gobierno constitucional de Salvador Allende en Chile en 1973; los miles de asesinatos de militantes de la Unión Patriótica en Colombia en la década de 1980; los intentos de golpe contra Chávez en Venezuela, etc.
La clase dirigente hice todo lo posible para que usted pueda votar solamente por los representantes patronales. Y en lo que va corrido de la historia independiente de Argentina, siempre hemos tenido en las posiciones claves del gobierno a representantes patronales. Siempre la clase dirigente ha tenido en sus manos el gobierno. Todos los gobiernos que hemos tenido han diferido muy poco en su actitud básica hacia el sistema de relaciones derivado de la propiedad privada. Claro es que existen diferencias de detalle. Un partido o persona opina esto; el otro, aquello, pero nunca ha existido divergencia en cuestiones fundamentales.
La libertad de elección que hemos .tenido hasta la techa, ha sido principalmente la libertad de elegir qué representante particular de la clase capitalista nos confeccionará las leyes en el Congreso, o quién defenderá desde la Presidencia de la República los intereses de la clase capitalista.
La ligazón que existe entre los hombres que hacen las leyes y los hombres cuyos intereses sirven estas leyes, es tan estrecha, que no cabe ninguna duda acerca de la relación entre el Estado y la clase dirigente. Y esto, no solamente en Argentina.
En los Estados Unidos, que tanto se jacta de su democracia, las leyes y el gobierno sirven también primordialmente a la clase capitalista. Uno de los más grandes Presidentes que ha tenido ese país, Woodrow Wilson, dice algunas cosas que sirven para disipar la idea de que la clase que dirige económicamente no es también la que dirige políticamente.
"Supongamos que Ud. vaya a Washington y trate de hacerse oír por el gobierno. Siempre se encontrará Ud. con que, mientras es diplomáticamente escuchado, los hombres con que realmente está hablando son los representantes de los grandes banqueros, los grandes industriales, los grandes amos del comercio, los jefes de las corporaciones ferroviarias y de las compañías de navegación. Los amos del gobierno de los Estados Unidos son el conjunto de grandes capitalistas e industriales de los Estados Unidos".
Esta declaración, muy reveladora, fue publicada en 1913 en un libro de Woodrow Wilson. Y el autor estaba en condiciones de saber lo que decía: En ese momento era el Presidente de los Estados Unidos. Surge la pregunta: Sí la maquinaria del Estado es controlada por la clase capitalista y funciona en su propio interés. Entonces ¿cómo es que sucede que de cuando en cuando se promulguen leyes que benefician algo al pueblo y limitan el poder de los capitalistas?
El Estado suele actuar en favor de los humildes y en contra de los propietarios, cuando es forzado a hacerlo. Cederá en este u otro punto particular en conflicto, debido a que la presión de la clase trabajadora es tan grande, que se ve obligado a hacer concesiones, so pena de que la "ley y el orden" corran peligro, o, peor todavía (desde el punto de vista de la clase dirigente), que estalle un movimiento revolucionario. Pero la cuestión fundamental que hay que recordar es que las concesiones logradas en esos períodos, se hacen dentro del sistema de relaciones de propiedad vigentes. El marco del sistema capitalista mismo queda intacto. Es solamente dentro de ese marco donde se hacen concesiones. El objetivo de la clase dirigente es ceder en alguna parte, a fin de salvar el todo.
Todos los avances que la clase trabajadora consiguió durante gobiernos progresistas como los de Irigoyen y Perón —y no deben subestimarse—, no cambiaron el sistema basado en la propiedad privada de los medios de producción. No significaron el predominio de la clase trabajadora sobre la clase explotadora. Cuando estos movimientos políticos fueron derrocados o doblegados a los intereses del poder tradicional, los grandes capitalistas y terratenientes permanecían en sus posiciones acostumbradas y los trabajadores en las suyas.
Puesto que el Estado es el instrumento a través del cual una clase establece y mantiene su dominio sobre la otra clase, no puede, existir una libertad verdadera para la mayoría oprimida.

Puede concederse un mayor o menor grado de libertad, depende de las circunstancias. Pero en último análisis las palabras "libertad" y "Estado" no pueden ser asociadas en una sociedad dividida en clases.

El Estado existe para imponer las decisiones de la clase que controla el gobierno. En la sociedad capitalista el Estado impone las decisiones de la clase capitalista. Estas decisiones están dirigidas a mantener el sistema capitalista en el cual la clase trabajadora debe trabajar para servir a los dueños de los medios de producción.
 
 
Segunda Parte
 

LA ACUSACIÓN SOCIALISTA DEL CAPITALISMO

 
 
9.— El Capitalismo es Destructivo e Ineficiente
 
El aumento de la potencia del hombre para producir debería haber resultado en la abolición de las privaciones y de la miseria. Pero no ha sido ése el resultado, ni siquiera en los Estados Unidos, el país capitalista más avanzado y rico del mundo.
En los Estados Unidos, así como en cualquier otro país capitalista, incluída naturalmente la Argentina, existe hambre en medio de la abundancia, pobreza extrema en medio de la riqueza.
Tiene que existir algo fundamentalmente malo en un sistema económico caracterizado por tales contradicciones.
Efectivamente, algo anda mal. El sistema capitalista es ineficiente y destructivo, irracional e injusto.
Es ineficiente y destructivo porque aún en aquellos años en que funciona en su mejor forma, una cuarta parte de su mecanismo productivo permanece ocioso.
Es ineficiente y destructivo porque periódicamente está en crisis, en inflación o en deflación. Y cuando llega la crisis, no ya un cuarto, sino más de la mitad de la capacidad productiva se paraliza. En la crisis de 1930 la miseria más espantosa se paseaba por los EEUU y, en mayor o menor medida, los demás países capitalistas. Todos estamos familiarizados con la inflación y con la cesantía periódica. En la Argentina, al año 2002 marcó el punto más profundo de la última crisis. Apenas una más en el largo listado de nuestro país, y del resto del mundo capitalista.
El sistema capitalista es ineficiente y destructivo porque es incapaz de dar trabajo útil a todos los hombres y mujeres que lo desean, en tanto que; al mismo tiempo, permite que miles de personas, física y mentalmente sanas, vivan sin haber trabajado jamás. Es incapaz de desarrollar los recursos del país, aprovechando la totalidad del potencial humano; es incapaz de resolver la contradicción de que en tanto existen tierras ociosas, existen campesinos sin tierras.
Es ineficiente y destructivo porque ocupa un exceso de vendedores, distribuidores, agentes de publicidad y así, por el estilo; que no trabajan en un proceso productivo y distributivo sano; sino en una competencia y riña insana para que algunos compren el dentífrico A en lugar del B, para que compren este jabón en lugar de aquél.
Es ineficiente y destructivo porque destina muchos hombres y materiales a la producción de los más extravagantes bienes de lujo, al mismo tiempo que no produce los bienes más elementales para la vida del pueblo.
Es ineficiente y destructivo porque en su delirio por aumentar los precios y las ganancias, en lugar de satisfacer las necesidades humanas, permite la destrucción deliberada de las cosechas y de los bienes en general, por ejemplo, cuando sus precios bajan “demasiado”.
Por último, es ineficiente y destructivo, porque periódicamente conduce a las guerras implacables que destruyen todo el trabajo de millones de obreros, así como la vida misma del hombre.
Esta ineficiencia y destrucción no es un mero desliz que pueda corregirse, sino que forma parte de la naturaleza del sistema capitalista, que no terminará sino cuando el sistema capitalista sea abolido en toda la Tierra.
Mientras más desarrollado se encuentre un país capitalista, más se acentúan los males señalados. Durante la depresión del año 1930 hubo momentos, en los Estados Unidos, en que más de 15 millones de hombres estaban cesantes; querían trabajar y no encontraban dónde o se morían de hambre o iban de casa en casa pidiendo limosna, o hacían cualquier cosa para sobrevivir. Hombres, mujeres y niños, en todas las ciudades, formaban enormes colas en las panaderías.
Al mismo tiempo que estos millones de desdichados seres humanos necesitaban urgentemente una oportunidad para ganarse lo indispensable para vivir, otros hombres y mujeres, mejor colocados, que nunca habían trabajado antes, ni querían hacerlo, vivían en el confort y el lujo, aprovechándose de su propiedad sobre los medios de producción. Podían vivir en una vergonzosa ociosidad porque el sistema capitalista estaba hecho para permitirles a ellos recibir una renta de sus fábricas que ni siquiera conocían. La pobreza de los muchos que querían trabajar y no podían, se hacía todavía más humillante, porque las riquezas de los pocos se estaban ganando sin trabajar.
Cuando el sistema capitalista se ve enfrentado a estas crisis profundas, saca a relucir su conocido plan para resolver el problema.
El problema consiste en la miseria dentro de la abundancia. El plan capitalista consiste en abolir la abundancia.
A las papas se les arrojó parafina, a fin de inutilizarlas para el consumo humano; en el Brasil, la cosecha de café se quemó en las locomotoras; en otras partes, la leche se echó a los ríos; la fruta se dejó podrir en los árboles.
Esta aparente insanidad no es cosa tan de locos como a primera vista parece, por lo menos en el sistema capitalista. En una economía que no tiene la más mínima preocupación de alimentar al pueblo, las papas, el café, la leche, la fruta que el pueblo necesita; en una economía preocupada solamente de elevar al máximo los precios y las ganancias, la restricción de la oferta suele ser el mejor medio de conseguirlo.
Pero el derroche más grande del capitalismo es la guerra.
Debido a que la economía capitalista funciona muy dificultosamente en condiciones pacíficas, los capitalistas consiguen reavivar la actividad mediante el armamentismo y la guerra. En la guerra, y solamente en la guerra, consigue el capitalismo darles trabajo a sus millones de cesantes, utilizar las máquinas, los materiales, hacer trabajar a todo vapor a la economía.
¿Pero cuál es el precio de esta actividad? La destrucción más espantosa. La destrucción de las esperanzas y sueños de millones de seres humanos; la destrucción de miles de escuelas, hospitales, ferrocarriles, puentes, puertos, minas, plantas eléctricas, destrucción de miles de kilómetros cuadrados de cosechas y bosques.
Es imposible contar las agonías de los heridos, los sufrimientos los mutilados, e inválidos. Pero sabemos algo respecto al costo monetario de la guerra. Podemos calcular el monto de la destrucción en términos de dólares y pesos. Las cifras indican, fuera de toda duda, que el despilfarro más grande del sistema capitalista es la guerra.
La primera guerra mundial costó 200 mil millones de dólares lo suficiente para haberle regalado una buena casa habitación y un pedazo de terreno a cada familia de los Estados Unidos, de Inglaterra. Bélgica, Francia. Austria, Hungría, Alemania e Italia", "...con ese dinero habríamos tenido para financiar todos los hospitales de Estados Unidos por 200 años. Podríamos haber financiado todas las escuelas públicas de los Estados Unidos, por 80 años...".
La segunda guerra mundial le costó a la humanidad más de un billón de dólares, más de cinco veces el costo de la primera gran guerra.
La guerra del Golfo (1991), costó u$s 58.000 millones, y antes de invadir Irak en 2003, EEUU había hecho un cálculo de entre u$s 100.000 y 200.000, pero consideraba que los beneficios económicos para los capitalistas norteamericanos serían mayores, por lo cual era buen negocio.[8]
De ninguna otra manera puede ilustrarse mejor el despilfarro gigantesco del sistema capitalista que en la guerra y el armamentismo.
 
 
10.- El Capitalismo es Irracional
 
El sistema capitalista es irracional. Se basa en la premisa que el interés de los capitalistas es el interés de la Nación. Que basta dejar libres a los individuos para que extraigan las ganancias máximas, para que toda la sociedad esté mejor; que la mejor forma de hacer las cosas es dar mano libre a los capitalistas para que hagan tantas ganancias como sea posible, y que, como subproducto del proceso de nacer cosas, las necesidades serán satisfechas.
Esta proposición es definitivamente inexacta. A medida que los monopolios empiezan a dominar la economía, reemplazando toda suerte de competencia, la afirmación es menos y menos verdadera. Los intereses de la empresa capitalista pueden o no coincidir con los intereses de la sociedad. Como regla general, con frecuencia están en pugna.
El sistema capitalista es irracional, porque en lugar de basar la producción en las necesidades de todos, basa la producción en el afán de lucro de unos pocos.
El sistema capitalista es irracional, porque en lugar de aplicar el sentido común ligando directamente la producción a las necesidades, usa el método moderno de ligar la producción a la ganancia, en la vaga esperanza de que en ningún punto coinciden las necesidades con la producción.
Todavía más, surge una cuestión muy seria, que impide la convivencia democrática, debido a que un grupo de monopolios tiene en sus manos el poder de decidir, completamente por cuenta propia, y en su propio interés, si las necesidades de la Nación han de ser satisfechas y a que precio. No tiene nada de exagerado decir que en un país donde el pueblo no controla la economía en su propio interés, la democracia económica es suplantada por Ja dictadura económica.
Esta dictadura económica, tan peligrosa para el bienestar del país, se acentúa mucho más en tiempos en que arrecian las dificultades económicas, sin ninguna consideración por la suerte del país. Los dictadores económicos insisten en entregar las riquezas del país a los monopolios extranjeros y en saquear al máximo las fuerzas de trabajo del asalariado. Cuando se acerca la crisis, los monopolios se resisten a producir, al menos, en otros términos que los que ellos impongan.
Esto se observó con claridad en Argentina, en los meses previos al fin de la convertibilidad (2001), cuando en medio de una prolongada recesión que habría requerido activar la inversión y el consumo, los sectores más ricos de la población, en cuyas manos estaba esta posibilidad, se dedicaron en cambio a fugar su dinero del país apresuradamente.
Ellos controlan los recursos naturales, el dinero, ocupan todas las posiciones estratégicas en la estructura económica, son dueños de las fábricas y equipos.
En ninguna forma se observa mejor la irracionalidad del sistema que en la falta de un plan: Dentro de una empresa existe un sistema, organización, planificación; pero en las relaciones de esta empresa con otra no existe ningún sistema, ninguna organización, ninguna, planificación, sino simplemente la anarquía.
El bienestar de la Nación puede alcanzarse mejor, nos aseguran los monopolistas, no mediante una cuidadosa planificación para este fin, sino que permitiendo a los capitalistas individuales decidir qué les conviene más, en la esperanza de que la suma de todas estas decisiones individuales traerá el bien a la comunidad.
Esto, sencillamente, no convence a nadie.
El sistema capitalista es también irracional, por cuanto significa la división de la sociedad en clases antagónicas. En lugar de "una nación, indivisible, con libertad y justicia para todos", el capitalismo, por su naturaleza misma, crea dos naciones, divisibles, con libertad y justicia para una clase y opresión e injusticia para la otra. En lugar de una comunidad unificada, con todo el pueblo viviendo en hermandad y en amistad, el sistema capitalista provoca una comunidad desunida, con una clase que trabaja y otra clase rica, cada una combatiendo a la otra por una mayor participación en la renta nacional.
La renta de la clase rica, las ganancias, se miran como una cosa buena, puesto que el propósito de la industria es hacer ganancias; la renta de la clase trabajadora, los salarios, se mira como una cosa mala, por cuanto recortan las ganancias (se habla del “costo laboral”). Pese a la palabrería acerca de la "teoría de los salarios altos", ese es el quid del asunto. Las ganancias son consideradas como un positivo bien y deben agrandarse hasta donde se pueda; los salarios son considerados como un mal que hay que reducirlo al mínimo, a fin de bajar los costos.
La insuficiencia del poder de compra de los trabajadores, resultante de lo anterior, lleva al estancamiento y a la crisis. Puede haber producción, pero no hay quien la compre. ¿Puede un sistema económico ser más ilógico?
Otra irracionalidad que surge del apetito de ganancia, como la fuerza motriz del desarrollo capitalista, es el trastoque de los valores por los cuales vive el hombre.
¿Cuál es la guía para conducirse en la sociedad capitalista?
Depende.
En el mundo de los negocios, impera la dura ley del dinero, nada de contemplaciones cristianas con el vecino: La negociación astuta y envenenada, poner al rival contra la pared y golpearlo hasta aplastarlo; no importa nada como consiguió Ud la riqueza, eso se olvida, pronto —la cuestión es que mientras más riqueza tenga Ud., más hombre de éxito seria considerado.
En el mundo de la familia y las amistades, en el mundo de la religión, prevalecen otros estándares. En lugar de competencia y lucha implacable, se habla de cooperación; en lugar del odio, el amor; en lugar de agarrar cuanto se pueda para uno mismo, se habla de servir a los demás; en lugar de encaramarse sobre las espaldas de otro para surgir, se dice que hay que ayudar al colega; en vez de la pregunta ¿cuánto me tocará a mí, se recomienda preguntar ¿tendrán lo suficiente los otros?; en lugar de la codicia de riqueza, se sermonea con servir a los demás.
Dos escalas de valores. Una para los negocios, para la vida práctica. Otra para la vida privada, para las sobremesas. Tan diferentes una de otra, como el día de la noche. Esta es la profunda hipocresía de la sociedad capitalista.
 
 
11.— El Capitalismo es Injusto
 
El sistema capitalista es injusto.
Y tiene que ser injusto porque su piedra fundamental es la desigualdad.
Las mejores cosas para la vida que se producen todos los días, en este país, forman una corriente permanente que va a parar a manos de una clase reducida, rica y privilegiada; pero el fantasma de la cesantía, la pobreza degradante, la desigualdad de oportunidades son para la clase pobre, la más numerosa, la que no tiene privilegios.
Este es un resultado de la propiedad privada de los medios de producción, la base del sistema capitalista. Otro resultado importante es la desigualdad de libertad personal entre aquellos que poseen medios de producción y los que no los tienen.
El trabajador, en teoría, es una persona "libre" que puede hacer lo que se le venga en gana. En la práctica sin embargo, esta libertad está severamente limitada. El trabajador es libre solamente para aceptar los términos opresivos que le ofrece el patrón : Si no los acepta, se muere de hambre.
Esto pasa no solamente aquí en Argentina. Lo mismo ocurre en todos los países capitalistas, inclusive en los Estados Unidos, pese a todas las mentiras de la propaganda.
La estructura del sistema capitalista es tal, que siempre la mayoría del pueblo se encuentra en un estado indigente, necesitado, y por lo tanto no son libres. Los obreros poseen solamente sus dos manos. Deben comer hoy día con lo que ganaron ayer; antes de los cuarenta años son considerados "demasiado viejos" para trabajar en las mejores industrias; los trabajadores están siempre sujetos a la angustia de perder el empleo.
Otra injusticia del sistema capitalista es que él tolera la existencia de una clase parasitaria que, lejos de estar avergonzada de vivir sin trabajar, se enorgullece de ello. Los defensores del sistema capitalista argumentan que aún cuando estos parásitos están ociosos, su dinero no lo está, y que la ganancia que extraen del obrero no es más que la recompensa "por el riesgo" de ese capital.
Muy bien. Pero mientras los parásitos arriesgan su dinero, los trabajadores arriesgan su vida.

¿Cuál es la magnitud de los riesgos a que están expuestos los trabajadores? Las cifras son en verdad escalofriantes. No pasa una hora sin que un trabajador argentino no caiga herido, inválido o muerto, todos los días del año, todas las semanas, todos los meses. La mayoría de estos accidentes son evitables, como lo muestra el hecho que un trabajador argentino tiene 120 más posibilidades de morir en accidentes de trabajo que un obrero en Francia[9], país donde el nivel de lucha y de organización social y política de los trabajadores ha obligado a los capitalistas a adoptar medidas de seguridad laboral que también se podrían aplicar aquí, si existiera la voluntad de hacerlo.

¿Y cuál es la recompensa que recibe el trabajador por los riesgos a que se expone?

Mientras el presidente de una compañía cualquiera, gana grandes salarios sin estar sometido a ningún riesgo, un obrero de la misma compañía, con años de trabajo, generalmente está por debajo de la línea de pobreza.

Pero el presidente de la Compañía tiene, por lo menos el mérito de ir a la oficina, aunque sea como figura decorativa. Por lo menos pronuncia discursos. Pero, ¿qué pasa con aquellos que heredan una fortuna y jamás tienen necesidad de trabajar?
Es necesario tener claridad respecto a la significación de la herencia en el sistema capitalista. Cuando un hombre hereda cien millones de pesos, éstos no significan una simple suma de dinero de la cual se va sacando todos los días hasta que no queda nada. De ninguna manera es éste el significado.
Supongamos, por ejemplo, que la herencia la recibe una persona en forma de un fundo. Los fundos se arriendan, digamos, por una renta igual al quince por ciento de su valor total. Esta significa qué por el simple hecho de recibir una herencia de cien millones, una persona puede tener una renta de quince millones de pesos por año.
Y ésto sin hacer absolutamente nada, excepto recibir todos los años el dinero del arrendatario.
En otras palabras, de la riqueza que se produce en el país año tras año, hay que separar 15 millones de pesos para los bolsillos del heredero del fundo. Éste gasta 15 millones este año, 15 millones el año siguiente y el subsiguiente. Cuando llega a viejo, muere, y su hijo hereda nuevamente el fundo. El hijo recibe 15 millones todos los años, y los gasta. Hasta que muere, y deja el fundo a su hijo... y así sucesivamente. ¡Y después de generaciones de estar gastando 15 millones cada año, la fortuna todavía está intacta! ¿Quién puede comerse la torta sin que se le acabe? Ya lo sabe usted.
Ni el hombre que heredó el fundo, ni su hijo, nieto o bisnieto han tenido necesidad de trabajar el suelo. La propiedad de los medios de producción, en este caso la tierra, los ha convertido en parásitos que viven del trabajo de los demás.
Un argumento usual de quienes defienden los “derechos” de los capitalistas es mostrar casos de individuos, hoy muy ricos, que “se han hecho” y han hecho su fortuna “desde abajo”, con su propio trabajo y esfuerzo. Es cierto que existen casos así, si bien son excepcionales, porque la inmensa mayoría de los trabajadores más esforzados, capaces y honestos, jamás llegan a acumular grandes capitales. Por otra parte, ningún individuo, por trabajador y capaz que sea, logra únicamente con su propio esfuerzo, reunir riquezas de una magnitud tal que lo ubiquen en el segmento de los privilegiados que dominan la vida de las sociedades capitalistas.
Baste como ejemplo, el caso de Bill Gates –considerado hoy el hombre más rico del mundo- que muchos creen que amasó su fortuna por su gran habilidad para desarrollar software novedoso. En realidad solamente muy pocos de sus primeros pasos tuvieron que ver con sus propios desarrollos, sino que su gran ambición y habilidad para apropiarse (“legalmente”) de aportes ajenos fueron los que le permitieron trepar el resto de la escalera.
Estos “self-made men” (hombres hechos por sí mismos) habitualmente construyen un pequeño capital inicial con su propio esfuerzo, pero luego, una vez dueños de una cierta cantidad de medios de producción, es la explotación de sus trabajadores la que les permite multiplicar ese capital inicial.
Además, como en realidad la plusvalía no es producida y apropiada aisladamente en cada fábrica, sino conjuntamente en todo un mercado capitalista, y redistribuída luego entre los capitalistas[10], los burgueses que más rápidamente reproducen su capital son los más hábiles en “negocios” y triquiñuelas (a veces “legales”, otras no), que les permitan apropiarse del producto excedente generado por los obreros de otras empresas, es decir explotar a trabajadores de otras fábricas, con los cuales no tiene aparentemente, relación.
Los juegos especulativos en la Bolsa, con acciones y títulos, son un ejemplo claro de esto: El especulador que se enriquece súbitamente por una suba de la cotización de sus acciones no obtiene riqueza caída del cielo. En algún punto del sistema hay trabajadores que la han producido y han sido privadas de ella. Todo muy legal, ya aún “legítimo”, para las leyes del Estado burgués.
Otra injusticia grosera del sistema capitalista es la desigualdad de oportunidades.                                          
Un niño nace en la modesta casa de un obrero que gana, y al mismo tiempo, en el mismo día, nace otro niño en la casa de un millonario. ¿Tienen los dos niños los mismos derechos y oportunidades? ¿Es de la misma calidad el alimentó, la ropa, la habitación de uno y otro? ¿Es similar el cuidado médico, la recreación y la educación que reciben?      
No sirve de nada responder que Argentina es un país de oportunidades para todos, y que el hijo del trabajador puede surgir por su cuenta. La habilidad e inteligencia ayudan algo; la posición social, la cuna, la riqueza, es lo decisivo. Esto no quiere decir que con habilidad, energía y buena suerte el niño pobre no pueda llegar a ser rico. Puede. Pero las posibilidades para los pobres, como clase, de ser más de lo que son hoy día, de elevarse socialmente, fueron siempre muy precarias, y van disminuyendo día tras día. Muchos estudios demuestran que en los hogares pobres, a causa de la desnutrición como factor central, el desarrollo intelectual de los niños está por debajo del promedio. Donde faltan oportunidades, no es suficiente tener habilidad, y nadie duda que faltan oportunidades.                        
Por ejemplo, una de las oportunidades es la educación. Pero igualdad de oportunidades de educarse no existen en Argentina. Cientos de miles de niños están condenados a la ignorancia todos los años.
Otros cientos de miles apenas llegan a las primeras letras.           
De la desigualdad de oportunidades económicas, mejor no hablar.
En un sistema donde el motivo principal de la producción de bienes es obtener ganancias, es inevitable que la ganancia sea considerada lo más importante. Más importante que la vida. Y, efectivamente, es así. Los mineros del carbón saben perfectamente que es así. Los obreros de la construcción, también. Todos lo saben. Lo mismo pasa en todos los países capitalistas, inclusive en Estados Unidos, pese a la propaganda.
Aquí tenemos un ejemplo tomado al azar:
El 25 de marzo de 1947 hubo una explosión en la mina de carbón Centralia, en los Estados Unidos, en la cual murieron 111 obreros. Estos obreros no tenían por qué morir. Los administradores de la mina sabían que había peligro, por cuanto los inspectores federales y estatales escribieron un informe, advirtiendo a la gerencia de la empresa. El Gobernador del Estado de Illinois, sabía que existía peligro en la mina.
Y el Gobernador Dwight Creen lo sabia, porque el 9 de marzo de 1949 recibió una carta de los dirigentes del Sindicato Unido de Trabajadores Mineros, Local No. 52, en que, a pedido de los mineros se escribía. "... Gobernador Green, este es un llamado de auxilio que hacemos a usted, para que por favor salve nuestras vidas, para que obligue a la empresa a poner en práctica las leyes en la Mina No. 5, de la Centralia Coal Co.... antes que tengamos una explosión de gas en esta mina, como la que acaba de suceder en Kentucky y en West Virginia... ".                                         
Un año más tarde, tres de los cuatro hombres que firmaron la carta estaban muertos. Muertos en la misma explosión de la cual habían rogado al Gobernador que los salvara.
Un comité de investigación gubernativo —naturalmente después de la explosión— le preguntó al gerente de la mina, William H. Brown, por qué no habían instalado un sistema de aspersión.
Brown respondió: "Sinceramente creíamos que el sistema no resultaba económico para nuestra mina".
—¿Quiere decir usted que no quisieron incurrir en mayores
gastos?
—Precisamente eso —respondió Brown, el representante de los
patrones,
Dólares versus vidas... y los dólares se impusieron ...
 
 
12.— El Capitalismo es una amenaza para el Medio Ambiente
 
Un sistema económico cuyo objetivo es el máximo lucro de las empresasse resistirá al máximo a tomar recaudos para que la producción y la economía en general funcionen de manera sustentable, es decir de modo de tomar los recaudos para que los daños y las alteraciones generados en el medio ambiente, no terminen socavando a la larga las bases materiales (esencialmente el soporte natural), sobre el que descansa ese mismo sistema económico.
El capitalismo funciona prácticamente por definición oliendo y evaluando la ganancia inmediata y no los intereses del conjunto social a largo plazo. Cualquier régimen que ignore o minimice la planificación se estructura en torno del cortoplacismo.
Por ello los bosques naturales han sido eliminados ya en su casi totalidad en algunos continentes, y su destrucción avanza a ritmo sostenido en otros. En Argentina y Brasil, por ejemplo, la expansión de la frontera agrícola (especialmente con la alta rentabilidad de la soja), están amenazando con la desaparición de selvas y montes enteros.
En tanto la tierra y otros medios de producción estén en manos privadas y sean éstas las que tomen las decisiones sobre qué uso dar a un campo, no puede pedírsele a los dueños que renuncien a las altas ganancias de los cultivos de moda en aras de preservar la vegetación natural. Éste es un objetivo social, pero no individual, sólo la sociedad en su conjunto (a través de un Estado popular) puede priorizar el objetivo de la preservación del medio ambiente.
Por otra parte, el dueño de un campo que renunciara al desmonte en aras de objetivos ecológicos, teniendo la posibilidad de remplazar el monte por cultivos de alta rentabilidad, haría el papel de tonto frente a sus vecinos que no vacilarían en optar por el camino más redituable. A la larga, el “tonto” (y si no él sus herederos) terminarían cediendo ante la presión de tener que pagar impuestos por campos sin ganancias.
Existen muchos otros caminos por los cuales el capitalismo amenaza la subsistencia de la vida humana sobre la Tierra, destruyendo su base material. La emisión de los gases de efecto invernadero, principalmente por la quema de combustibles fósiles (carbón, petróleo y gas), está devolviendo hoy a la atmósfera en un año, en la forma de dióxido de carbono, el carbono que se fijó allí a lo largo de un millón de años (por la fosilización de plantas y animales en la prehistoria).
Este cambio en la composición de nuestra atmósfera está generando un calentamiento del planeta que viene acarreando el derretimiento de hielos polares y otros, y el aumento del nivel de los mares, amenazando la existencia de islas (incluidos países enteros) y  poblaciones costeras. El aumento de acidez de los mares, otro resultado del mismo fenómeno, amenaza especies enteras.[11] Además existen predicciones científicas de más de diez o veinte años, en el sentido que también sobrevendrían fenómenos meteorológicos violentos (huracanes, inundaciones, etc), con mayor frecuencia, lo cual también ha comenzado a verificarse.
Nada de esto, sin embargo preocupa a los capitalistas tanto como la reducción de ganancias que acarrearían medidas como reformas económicas para limitar las emisiones de esos gases (dióxido de carbono, metano y otros), o un reemplazo de los combustibles fósiles por energías renovables. En la mayoría de los países, ni siquiera está en discusión gravar a esos combustibles para pagar los sistemas de salud que luego los Estados deben costear para atender las enfermedades respiratorias y otras originadas por la combustión esos mismos combustibles.
El país más comprometido con la preservación y desarrollo del capitalismo, y también el principal responsable de las emisiones de esos gases, los EEUU, se ha negado a ratificar el Protocolo de Kyoto, acuerdo mundial para tratar de desacelerar estos procesos nefastos.
 
 
13.— El Capitalismo está en su ocaso
 
El capitalismo está ya maduro para su cambio.
Y el nuevo sistema que lo reemplazará no puede "hacerse a la orden". Tendrá que surgir y crecer del viejo sistema; tal como el capitalismo surgió del feudalismo. Dentro de la misma sociedad capitalista debemos buscar los gérmenes del nuevo sistema social.
El capitalismo transformó la producción, de un proceso individual, en uno colectivo. En los viejos tiempos, los bienes eran producidos por artesanos individuales que trabajaban con sus propias herramientas en sus propios talleres; hoy día, la gran masa de los productos es producida por miles de trabajadores que laboran en conjunto, en complicadas maquinarias en las grandes fábricas.
Incesantemente el proceso de producción se ha convertido en más y más social, con más y más gente unida entre sí, en fabricas cada vez más grandes
En la sociedad capitalista, las cosas son operadas cooperativamente, pero ellas no pertenecen cooperativamente a las personas que las fabrican. Aquellos que usan la maquinaria no son sus dueños, y los que son sus dueños no las usan.
Aquí reside la contradicción fundamental de la sociedad capitalista: en el hecho de que mientras la producción es social —el resultado del trabajo y del esfuerzo colectivo—, la apropiación es privada, individual. Los productos, producidos socialmente, son apropiados no por los productores, sino por los dueños de los medios de producción, los capitalistas.
El remedio es claro: hermanar la socialización de la producción con la propiedad social de los medios de producción. La forma de resolver el conflicto entre la producción social y la apropiación privada es llevar adelante el desarrollo del proceso capitalista de producción hasta su conclusión lógica: la propiedad social.
Las grandes fábricas en Argentina, los bancos y muchísimas empresas cuyos dueños son los accionistas poderosos que obtienen las ganancias, son administradas por gerentes a quienes se les paga un sueldo para que representen al capital. Pero los verdaderos dueños no tienen nada que preocuparse de su administración.
Lo mismo pasa con los grandes fundos que son administrados por personas distintas de sus dueños. La propiedad, que una vez cumplió su función, es ahora parasitaria. Los grandes capitalistas, como clase, ya no son necesarios. Si fueran transportados a la Luna, la producción de sus fábricas no se afectarla en nada, ni por un minuto.
La propiedad privada sobre los medios de producción, y la sed de lucro, están condenadas. El capitalismo ya está senil y hace rato que cumplió su papel en la historia. Ahora hay que arrumbarlo junto a los trastos viejos, al lado de la rueca, el arcabuz o la pluma de ganso para escribir; al lado del esclavismo y del feudalismo que lo precedieron.
 
 
 
Tercera Parte


 

LOS CREADORES DEL SOCIALISMO

 
 
14.— Los socialistas utópicos
 
El socialismo es un sistema en que, en contraste con el capitalismo, los medios de producción son de propiedad común en lugar de ser privados; en que existe la producción planificada en lugar de la producción anárquica para obtener ganancias.
La idea del socialismo no es nueva. Apenas surgió el sistema capitalista con el advenimiento de la revolución industrial, su ineficiencia, despilfarros, irracionalidad e injusticia se hicieron evidentes para gran número de personas.
Comenzando allá por el año 1800, tanto en Inglaterra como en Francia, los males del capitalismo fueron denunciados en panfletos de amplia circulación, en libros y discursos. También había críticas anteriores, por ejemplo, en el siglo 16 y en la centuria siguiente. Pero los escritores de esa época eran por lo general pensadores aislados, que nunca pudieron ejercer una influencia grande en el pueblo. Pero a partir de 1800 la situación cambió. Roberto Owen, en Inglaterra, Carlos Fourier y el conde Enrique de Saint-Simon, en Francia, pueden llamarse pioneros socialistas y cada uno de ellos desarrolló un movimiento de opinión de dimensiones apreciables. Sus libros fueron ampliamente leídos, sus discursos tenían un amplio auditorio, y a través de ellos sus ideas se propagaron a otras tierras, incluso llegaron a lugares tan alejados de Europa como nuestro país.
Estos hombres no se limitaron solamente a denunciar la sociedad tal cual es. Fueron todavía más lejos. Cada uno de ellos, a su propia manera, gastó tiempo y esfuerzos considerables en hacer planes cuidadosamente estudiados para cómo debería ser una sociedad.
Cada uno de ellos elabora, hasta en sus menores detalles, su propia visión de una sociedad ideal del futuro. Aun cuando las utopías privadas de cada uno de ellos eran muy diferentes de los detalles específicos, todos estaban basados en un mismo molde.
El primero y más importante principio de cada uno de estos esquemas utópicos era la abolición del capitalismo. En el sistema capitalista veían solamente males. Era ineficiente, injusto, trabajaba sin un plan. Ellos querían una sociedad planificada que fuera eficiente y más justa. Bajo el capitalismo la minoría que no trabajaba vivía a todo lujo y confortablemente, adueñándose de los medios de producción. Los socialistas utópicos veían en la propiedad común de los medios de producción la manera de alcanzar una vida mejor. Por eso en sus visionarias sociedades planeaban que la mayoría que trabaja viviría con abundancia y confortablemente mediante la propiedad común de los medios de producción. Esto era socialismo, y éste era el sueño de los utópicos.
Siguió siendo un sueño para los utópicos porque aun cuando ellos sabían a dónde iban, tenían solamente una visión muy nebulosa de cómo alcanzar sus objetivos. Creían que todo lo que se necesitaba era formular sus planes de una sociedad ideal, interesar al poderoso o al rico en las bondades y bellezas del nuevo orden, experimentando los planes, primero en pequeña escala y después confiar en el sentido común del pueblo para aplicarlos en forma general.
La ingenuidad de los utópicos queda demostrada por el hecho de que los grupos mismos a los cuales se dirigían eran precisamente los interesados en que las cosas quedaran como estaban, en no provocar cambios. Demostraron su incomprensión de las fuerzas en acción dentro de la sociedad, al repudiar la agitación política y económica de la clase trabajadora; en insistir solamente en que a través de la buena voluntad y el entendimiento de todos los hombres, y no mediante la organización de los trabajadores, como clase, podían alcanzarse los fines de la nueva sociedad.
Igualmente irreal era su idea de que podía tenerse éxito haciendo experimentos sociales en miniatura, de acuerdo a sus utópicos programas. Como cualquiera puede darse cuenta ahora, sus "islas de placer en el océano gris de la miseria capitalista", estaban condenadas al más completo fracaso. Jamás podía ser enmendado el sistema capitalista con algunos parches en forma de pequeñas comunidades aisladas del resto del, mundo.
Los socialistas utópicos eran personas de gran sensibilidad y de espíritu humanitario que reaccionaban vehementemente contra el duro ambiente del capitalismo. Hicieron críticas válidas y penetrantes del sistema capitalista, e inventaron programas para construir un mundo mejor. Mientras ellos predicaban su nuevo evangelio, nacían en el mundo dos hombres que iban a enfocar el problema en una forma diferente.
Sus nombres: Carlos Marx y Federico Engels.
 
15.— Carlos Marx y Federico Engels
 
El socialismo de los utópicos se basaba en el humanitario sentido de la injusticia. El socialismo de Marx y Engels se basó en un estudio histórico, económico y social del desarrollo del hombre.
Carlos Marx no planeó ninguna utopía. Prácticamente no escribió nada sobre cómo funcionaría la Sociedad del Futuro. Estuvo enormemente interesado en la Sociedad del Pasado, cómo había surgido, desarrollándose y decaído, hasta transformarse en la Sociedad del Presente; estuvo enormemente interesado en la Sociedad del Presente, porque quería descubrir las fuerzas que provocarían el cambio hacia la Sociedad del Futuro.
Contrariamente a los utópicos, Marx no gastó tiempo en las instituciones económicas del mañana. Gastó casi todo su tiempo en un estudio de las instituciones económicas de Hoy Día.
Marx quería saber cuáles eran las fuerzas que movían las ruedas de la sociedad capitalista. El titulo de su libro más importante. "El Capital. Un análisis Critico de la Sociedad Capitalista", muestra dónde se centraban su interés y su atención. El fue el primer gran pensador que hizo un análisis sistemático, inteligente y critico de la producción capitalista.
Con los utópicos, el socialismo no pasaba de ser un producto de la imaginación, de una invención de una u otra mente brillante. Marx bajó a la tierra el socialismo desde las nubes, donde éste se encontraba; demostró que no era una aspiración vaga sino que era el próximo paso en el desarrollo histórico de la raza humana. Que era el resultado necesario e inevitable de la evolución de la sociedad capitalista.
Marx transformó el socialismo, de una utopía, en una ciencia.
En lugar de un visionario y fantástico cuadro de un orden social, perfecto; Marx construyó una teoría del progreso social ajustada a la realidad; en lugar de hacer llamados a la simpatía o a la buena voluntad o inteligencia de las clases dirigentes, Marx mostró que la clase trabajadora tenía que emanciparse por sí misma y transformarse en el arquitecto del nuevo orden.
El socialismo de Marx —el socialismo científico— tuvo su primera expresión significativa hace un siglo, con la publicación, en febrero de 1848, del Manifiesto Comunista, escrito conjuntamente con Engels. Este panfleto, que sólo tenia 23 páginas en el original, en que Marx y Engels destilaron la esencia de su teoría, se ha convertido en el fundamento del movimiento socialista en cada rincón de la tierra. Ha sido traducido a más lenguas que ningún otro libro, tal vez con la excepción de la Biblia; como fuerza inspiradora del poderoso movimiento mundial de la clase trabajadora. Es sin lugar a ninguna duda, el panfleto que mayor influencia ha tenido, jamás escrito en cualquier parte del mundo,
En su intensivo estudio de lo que es la sociedad humana, por qué cambia, y en qué dirección se mueve, Marx y Engels encontraron que habla un hilo conductor a través de la historia. Las cosas no eran independientes las unas de las otras; la historia solamente aparecía como un conjunto desordenado de hechos y sucesos, pero en realidad no era un enredo confuso; la historia no era algo caótico sino que se ajustaba a un molde bien definido de leyes que podían descubrirse.
Carlos Marx descubrió estas leyes del desarrollo de la sociedad.
Esta fue su contribución más grande al género humano.
La economía, la política el derecho, la religión, la educación de cada civilización están íntimamente ligadas; cada una depende de las otras, y son lo que son, debido a las demás. De todas estas fuerzas, la economía es la fundamental, la más importante. La clave del problema está en las relaciones entre los hombres como productores. La forma en que viven los hombres está determinada por la forma en que ellos se ganan la vida, por el modo de producción prevaleciente dentro de una sociedad dada, en cualquier tiempo determinado.
La forma en que ellos piensan está condicionada por la manera en que ellos viven. Usando las palabras de Marx: "El modo de producción en la vida material domina el carácter general de los procesos sociales, políticos y espirituales de la vida. No es la conciencia de los hombres lo que determina su existencia, sino por el contrario, es su existencia social lo que determina su conciencia".
Los conceptos de derecho, justicia, libertad, etc. —la lista de ideas que tiene cada sociedad— están condicionados a la etapa particular de desarrollo que ha alcanzado esa sociedad. Ahora bien, ¿qué es lo que provoca los cambios sociales y políticos? ¿Es el simple cambio en las ideas de los hombres? No. Porque estas ideas dependen primeramente de cambios que han ocurrido en la base económica de la sociedad en el modo de producción y cambio.
El hombre progresa en su conquista de la naturaleza; se descubren nuevos y mejores métodos de producción e intercambio de los bienes. Cuando estos cambios son fundamentales y de gran alcance, entonces surgen conflictos sociales. Las relaciones que han surgido con el viejo método de producción han llegado a solidificarse; la vieja manera de vivir ha llegado a fijarse en cuerpo de leyes, en la organización política, en la religión, en la educación. La clase que tiene el poder desea retener su poder, y entra en conflicto con la clase que está en armonía con el nuevo modo de producción surgido. La revolución es el resultado de este conflicto.
Esta aproximación a la historia, de acuerdo con el marxismo, permite entender lo que de otra manera seria un mundo completamente incomprensible. Mirando los sucesos históricos desde el punto de vista de las relaciones de clase resultantes de la manera en que los hombres se ganan la vida, lo que ha sido ininteligible, se convierte por primera vez en algo inteligible. Por eso, el análisis del Manifiesto Comunista comienza con la frase "La historia de todas las sociedades conocidas hasta el momento, es la historia de la lucha de clases".
¿Qué rol juega el Estado en esta lucha entre las clases? El Estado es una creación de la clase dirigente. Ha sido establecido y se mantiene para preservar el orden existente. El rol del Estado en la sociedad es explicado en el Manifiesto Comunista: "Los dirigentes del Estado moderno no son sino un comité para administrar los asuntos comunes en beneficio de toda la burguesía".
El primer deber del Estado en la sociedad capitalista es la defensa de la propiedad privada de los medios de producción que es la esencia de la dominación de la clase capitalista sobre la clase trabajadora. Se desprende, por lo tanto, que si el objetivo de la clase trabajadora es abolir la propiedad privada sobre los medios de producción, debe destruir el Estado actual que tiene la clase dirigente reemplazarlo por un Estado nuevo. La clase trabajadora sólo puede obtener el poder la revolución tendrá éxito si el Estado de la clase dirigente es destruido y se establece un Estado adecuado a la clase trabajadora en su reemplazo.
A primera vista esto parece implicar la mera substitución del Estado de la clase capitalista por el Estado de la clase trabajadora. ¿Es éste el objetivo de la revolución de la clase trabajadora imponer el dominio de los trabajadores sobre aquellos que antes los subordinaban? NO. El Estado proletario es solamente el primer paso necesario en el proceso de abolición para siempre del dominio de una clase sobre otra, para terminar con las condiciones que hacen posible la división de la sociedad en clases antagónicas. La meta socialista no es la substitución de una forma de dominio de una clase por otra, sino la abolición completa de todas las clases; la meta del socialismo es una sociedad sin clases en la cual se elimine toda clase de explotación. En las palabras del Manifiesto Comunista. "En lugar de la vieja sociedad burguesa, con sus clases y sus antagonismos de clases tendremos una sociedad en la cual la libertad de desarrollo de cada uno es la condición para el libre desarrollo de todos".
En todo momento y en todas partes Marx insistió en que la transformación de la vieja sociedad de clases en una nueva organización sin clases tenía que ser obra de la clase obrera, del proletariado. Insistió en que el proletariado tenía que ser el agente activo que trajera al mundo el socialismo, porque era el proletariado, la mayoría de la población, el que más sufría de las contradicciones del capitalismo, porque el proletariado no tenía otra salida para mejorar su situación.
Los trabajadores se ven impelidos, por las penosas condiciones en que viven, a marchar unidos, a organizarse, a formar sindicatos u otras organizaciones que los agrupen para combatir por sus propios intereses. Los sindicatos, sin embargo, por ejemplo; no surgieron de la noche a la mañana. Se necesitó de un largo tiempo para que se desarrollara el sentimiento de solidaridad.
Fue la expansión del capitalismo debido a la Revolución Industrial y el sistema de fábricas lo que permitió al sindicalismo hacer enormes progresos. Esto pasó porque la Revolución Industrial trajo consigo la concentración de los obreros en las ciudades, los mejoramientos en los transportes y comunicaciones que son esenciales para la organización en escala nacional, y las condiciones que hacen tan necesario el movimiento obrero. En otras palabras, la clase trabajadora creció junto con el desarrollo del capitalismo, que generaba la clase trabajadora, el sentimiento de clase, y entregaba los medios físicos para la cooperación y las comunicaciones.
El proletariado, en consecuencia, nació del capitalismo, y crece finito con éste. Por último, cuando el capitalismo sea liquidado, cuando todos vean claramente que sus contradicciones no pueden resolverse con parches, cuando "la sociedad no pueda ya vivir bajo el dominio de la burguesía, en otras palabras, su existencia no es ya compatible con esa sociedad"; cuando, en suma, el capitalismo esté listo para ser acorralado, será el proletariado su sepulturero.
Marx no fue un revolucionario cómodo, que se contentaba con decirles a los demás qué tenían que hacer y cómo debían hacerlo. No, Marx vivió su filosofía. Y, puesto que su filosofía no era solamente una explicación del mundo, sino también un instrumento para cambiar el mundo, Marx, como era un revolucionario sincero, no podía estar por sobre la lucha, sino que tenia que combatir él mismo.
Y lo hizo.
De acuerdo con su idea de que la fuerza para abolir el capitalismo no podía ser otra que el proletariado, dedicó la máxima atención que pudo, quitando tiempo a sus estudios, a fin de entrenar y organizar a la clase trabajadora en sus luchas económicas y políticas. Marx fue el miembro más activo y el de más influencia en la Asociación Internacional de Trabajadores (la primera Internacional), que se creó en Londres el 28 de setiembre de 1864. Dos meses después de fundada la Internacional, Marx le escribió a un amigo alemán, el Dr. Kugelman: "La Internacional, o mejor dicho su comité, es importante debido a que los líderes de los sindicatos de Londres están en él.... Los líderes de los trabajadores de París están bien conectados con ella".
Los sindicatos, que para mucha gente de entonces, como pasa también hoy día, eran meras organizaciones dedicadas a mejorar día a día las condiciones de vida de los obreros, tenían un significado más profundo para Marx y Engels: "La organización de la clase trabajadora como una clase por medio de sus sindicatos... es la verdadera organización de clase del proletariado que lleva adelanta su lucha diaria contra el capital, en que se entrena a sí mismo...".
¿Pero entrenarse para qué?, ¿para la lucha por mayores salarios, menos horas de trabajo, mejores condiciones? Sí, por cierto. Pero también se entrena para una lucha muchísimo más importante: la lucha por la completa emancipación de la clase trabajadora, mediante la abolición de la propiedad privada de los medios de producción.
Marx hizo mucha claridad sobre este punto, en un discurso que pronunció ante el Consejo General de la Internacional, en junio de 1865. Después de demostrar que a menos que los sindicatos llevaran adelante una fuerte lucha diaria, los trabajadores irían siendo degradados a un nivel de vida cada vez más desdichado, siguió adelante, explicando que los sindicatos deben tener objetivos más amplios: "Al mismo tiempo, y esto completamente aparte de la servidumbre general envuelta en el sistema de salarios, la clase trabajadora, no debe exagerarse a sí mismo el resultado último de estas luchas diarias. Los trabajadores no deben olvidar que están luchando con los efectos, pero no con las causas que originan esos defectos; que están retardando el movimiento de descenso, pero no cambiando su dirección; que ellos están aplicando solamente paliativos, no curando el mal. Los trabajadores, por lo tanto, no deben absorberse exclusivamente en estas inevitables luchas de guerrillas que surgen de la incesante hostilización del capital o de cambios en el mercado. Los  trabajadores deben comprender que, junto con todas las miserias que  pesan sobre ellos, el sistema actual engendra simultáneamente las  condiciones materiales y las formas sociales necesarias: para una reconstrucción económica de la sociedad. En lugar de la consigna conservadora: "Un salario más justo por un trabajo más justo”, los trabajadores deberían inscribir en sus estandartes "Abolición del sistema de salarios". 
Siempre y en todas partes Marx enseñó su lección básica la única salida es un cambio fundamental en la organización económica,  política y social de la sociedad, siendo la revolución de la clase trabajadora el medio de alcanzarla.      
¿Significa ésto, como generalmente se supone, que Marx era un creyente tan grande de la revolución como para desearla en cualquier parte, en cualquier momento? De ninguna manera. Marx se opuso a la revolución indiscriminada. En la Internacional, combatió contra aquellos que argumentaban que la revolución debía hacerse porque había que hacerla. La esencia del pensamiento de Marx es que la revolución, para que tenga éxito, debe ocurrir en el momento oportuno; la sociedad no puede ser transformada, a menos que hayan madurado las condiciones para el cambio.                           
La base para el paso al socialismo está en las profundas contradicciones existentes dentro de la sociedad capitalista y que la conducen a su aniquilamiento en la creación, mediante la socialización de la producción, de los gérmenes del nuevo orden dentro de las entrañas del viejo orden; y en el aumento de la conciencia de clase y en la organización de la clase trabajadora, la cual exige la acción revolucionaria para provocar el cambio. 
Marx veía el sistema capitalista como una parte del desarrollo de la historia humana. No era, por lo tanto, ni permanente ni inmutable. Por el contrario, el capitalismo era un sistema social esencialmente transitorio que, al igual que todas las otras formas de sociedad humana, surgió del sistema anterior, se desarrolló, entraría en decadencia y sería seguido por otro sistema. Para Marx, la sociedad humana no era algo estático sino que estaba todo el tiempo en un permanente estado de cambio y movimiento. La tarea de Marx, tal cómo él se la planteaba, era encontrar qué fuerzas eran las que provocaban el cambio en la sociedad capitalista —descubrir la "ley del movimiento del capitalismo"—. Marx comenzó por explicar el funcionamiento del sistema capitalista y terminó no alabándolo, como lo hacían los economistas de su tiempo, sino delineando una guía para la acción de las fuerzas que crearían en el futuro una sociedad mejor.
Los socialistas consideran que el cuadro de la sociedad capitalista hecho por Marx es verdadero y preciso, y que explica la realidad en una forma mucho más satisfactoria que la de los economistas no marxistas. Sobre este punto, el profesor Leontiev, de reputación internacional, de la Universidad de Harvard, aun cuando él mismo no es un marxista, dijo las siguientes palabras ante la asociación norteamericana de economistas; "Si alguien quiere aprender qué son efectivamente las ganancias y salarios de las empresas capitalistas, esa persona puede obtener en los tres volúmenes de "El Capital", una información más realista y de primera mano, de lo que puede encontrarse en diez ediciones sucesivas del Censo de los EE.UU., o en una docena de textos sobre las instituciones económicas contemporáneas".
En la misma oportunidad, el profesor Leontiev tuvo la honestidad de reconocer cómo se habían cumplido las brillantes predicciones científicas de Marx: "El récord es en verdad impresionante: incesante concentración de la riqueza, rápida eliminación de las empresas medianas y pequeñas, progresiva limitación de la competencia, incesante progreso tecnológico acompañado de una importancia cada vez mayor del capital fijo, y, por último, no menos importante, la amplitud no disminuída de los ciclos comerciales; en verdad una "serie no sobrepasada de pronósticos cumplidos, contra lo cual la moderna teoría económica no tiene prácticamente nada que mostrar, pese a todos sus refinamientos".
Es interesante destacar que casi al mismo tiempo que este profesor de Harvard indicaba a sus colegas economistas que podían aprender mucho de Carlos Marx, otro distinguido hombre de estudios hacía recomendaciones muy similares a sus colegas en el campo de la historia. En un artículo escrito en la revista Amerícan Historial Review, de octubre de 1935, Carlos Beard, uno de los más eminentes historiadores que ha tenido los EE.UU., decía; "Parece oportuno recordar a aquellos inclinados a tratar a Marx como a un mero revolucionario u hombre de agitación, que Marx fue mucho más que eso. Era doctor en Filosofía, salido de las mejores universidades alemanas, y poseía el sello del gran pensador. Era un estudioso del latín y el griego. Además del alemán, su lengua nativa, hablaba francés, inglés, italiano y ruso. Era uno de los hombres más versados en historia contemporánea y en el pensamiento económico. Por eso, aunque alguien no esté de acuerdo con las ideas personales de Marx, nadie puede negarle que poseía conocimientos muy amplios y profundos —y llevó una vida de sacrificios y sin vacilaciones—, Marx no solamente interpretó la historia, como lo hace cualquier persona que escribe sobre historia, sino que ayudó a construir la historia. Con toda seguridad, Marx tenía que saber algunas cosas...".
El movimiento de la clase trabajadora, prácticamente en todos los rincones del mundo, luchando por alcanzar la Justicia económica y social, tiene conciencia de que Marx debía saber algunas cosas.
El pueblo cubano que basó gran parte de sus combates por la liberación y la independencia en las enseñanzas de Marx, uniéndolas con las de sus propios patriotas locales como José Martí y otros tiene conciencia de que sabia algunas cosas.
Las clases privilegiadas en cada país capitalista del mundo, tratando de prolongar su existencia, aferrándose desesperadamente al poder, tiemblan ante el temor de que Marx efectivamente; sabía algunas cosas.
Solamente los economistas entontecidos por la pedantería, aquellos acostumbrados a la charlatanería de café, pueden negar que Marx sabía algunas cosas.
 
 

Cuarta Parte

 

EL SOCIALISMO

 
 
16. — La Economía Socialista Planificada
 
Hagamos ahora un breve análisis del socialismo. Dejemos claramente establecido desde un principio que los defensores del socialismo no sostienen que el cambio de la propiedad privada a la propiedad pública de los medios de producción resolverá de por sí todos los problemas del hombre, no convertirá a los demonios en ángeles, ni traerá el paraíso celestial a la tierra. Ellos sostienen, sin embargo, que el socialismo remediará los grandes males del capitalismo, abolirá la explotación, la pobreza, la inseguridad, las guerras, y traerá mayor bienestar y felicidad al hombre.
El socialismo no significa hacer uno que otro parche reformista al capitalismo. Significa un cambio revolucionario: La reconstrucción de la sociedad sobre líneas enteramente diferentes.
En lugar del esfuerzo individual para la ganancia individual, existirá el esfuerzo colectivo para el beneficio colectivo.
El vestuario se fabricará no para ganar dinero, sino para vestir al pueblo con buenas telas y así con los demás bienes.
El poder del hombre sobre el hombre será eliminado; el poder del hombre sobre la naturaleza aumentado.
La capacidad para producir en abundancia, en lugar de ser estrangulada por consideraciones de la ganancia privada, será utilizada al máximo para llevar la abundancia a todos.
El perpetuo temor de la cesantía y la crisis, del despido y la inseguridad, se desvanecerá con el conocimiento de que la producción planificada asegura el trabajo de todos, durante todo tiempo, y trae la seguridad económica desde la cuna hasta la tumba.
Cuando el éxito del hombre se mida, no por la cuenta bancaria sino por la medida en que uno ha colaborado al bienestar de sus semejantes, entonces el dominio del dinero sobre el hombre será reemplazado por el dominio del hombre sobre el dinero.
Las guerras imperialistas, que resultan de la búsqueda dé ganancias en los mercados extranjeros donde los capitalistas venden los "excedentes" de bienes e invierten el capital "excedente", llegarán a su término, por la sencilla razón de que no habrá bienes de consumo "excedentes" y capital "excedente" y no más sed de ganancias.
Con los medios de producción ya no más en manos de propietarios privados, la sociedad no estará más dividida en patrones y asalariados. Ningún hombre estará en condiciones de explotar a otro.
En suma, la esencia del socialismo es que el país ya no estará en manos de unos pocos propietarios y administrado por ellos en su propio beneficio, sino que, por primera vez, el país pertenecerá al pueblo y será dirigido por el pueblo en beneficio del pueblo.
Hasta el momento, hemos abordado una parte de esa "esencia" del socialismo, la parte del país que es de propiedad del pueblo —otra forma de decir la propiedad pública de los medios de producción—. Ahora llegamos a la segunda parte de esa definición; "dirigido por el pueblo en beneficio del pueblo". ¿Cómo se conseguirá esto?
La respuesta a esta pregunta es la planificación centralizada. Así como la propiedad pública de los medios de producción es un rasgo especial del socialismo, así también lo es la planificación centralizada.
Ahora bien, es evidente que la planificación centralizada de todo un país es una tarea muy grande. Tan grande, que muchas personas en los países capitalistas —especialmente aquellos que tienen los medios de producción, y por lo tanto piensan que el capitalismo es el mejor de los mundos— están seguras de que no puede hacerse. Esta opinión la expresó en forma perfectamente clara hace unos años un gran dirigente y representante de los industriales: "Ningún grupo pequeño de hombres posee la sabiduría, la perspectiva y el discernimiento para planificar, dirigir y estimular exitosamente las actividades de todo un pueblo".
Si este cargo fuera efectivo seria una consideración extremadamente seria contra el socialismo. Porque sí la economía socialista tiene que ser planificada, y si la planificación es imposible, entonces el socialismo también sería imposible.
¿Es posible la planificación centralizada?
La regresión de la Unión Soviética y los países de Europa Oriental y –por otra vía- de China al capitalismo generaron un enorme entusiasmo inicial entre los enemigos del socialismo, pues lo consideraron la prueba final y definitiva de la imposibilidad de la economía socialista planificada. Este entusiasmo llegó al extremo de proclamar “el Fin de la Historia” y el “Fin de las Ideologías”, y desde ya el encumbramiento del capitalismo más descarnado como solución a los problemas de la Humanidad.
Bastó una década para mostrar a una gran parte del género humano los sufrimientos que para la mayoría implicaban semejantes propuestas, aunque aún está pendiente un balance y una síntesis adecuadas de la experiencia del “socialismo real”.
Es evidente que en su desarrollo se produjeron desviaciones y errores de gran magnitud que determinaron el colapso de la experiencia socialista en casi todos los países, excepto Cuba, que logró readecuarse a la nueva situación mundial, sin resignar los principios básicos de una economía socialista.
Contrariamente a lo que pretenden presentar los apologistas del capitalismo, que muestran a la experiencia comenzada en 1917 con la Revolución de Octubre en Rusia como “todo un gran error”, una mirada que vaya más allá de su colapso, permite sacar algunas conclusiones bien distintas.
Cabe señalar que en 1917, Rusia era uno de los países más retrasados del mundo, asolado por la guerra y el hambre, y lo fue aún más en los cuatro años siguientes cuando todas las potencias capitalistas intervinieron junto a los reaccionarios internos para combatir en la guerra civil, por el aplastamiento de la Revolución Socialista.
En la Segunda Guerra Mundial, la URSS sufrió asimismo una devastación superior a la de cualquier otro país, al punto que un tercio de los 60 millones de muertos fueron rusos y la batalla decisiva de la guerra (Stalingrado) se libraba en Rusia, mientras que en el territorio continental de los EEUU no caía una bomba ni se libraba un combate.
Con toda esta carga a cuestas, apenas cuarenta años después de la Revolución, la planificación centralizada de la economía había permitido una velocidad de desarrollo tal, que la URSS era una de las dos superpotencias mundiales, junto con EEUU, que había comenzado a desarrollar su proyecto nacional casi doscientos años antes. En los años previos a la Segunda Guerra, mientras EEUU y todos los países capitalistas se debatían en la recesión, el desempleo y la miseria, la economía soviética crecía aceleradamente. En los años sesenta, ya el primer satélite, el primer animal y el primer cosmonauta en el espacio habían sido todos rusos. Prestigiosos manuales de economía del capitalismo, insospechables de simpatizar con el socialis[12]mo, advertían tal ritmo de avance que pronosticaban que probablemente la economía soviética superara a la de los EEUU en las décadas siguientes.
Fueron los cambios tecnológicos de esas décadas en el mundo, particularmente la revolución en la microelectrónica, sin embargo, y sobre todo la forma en que cada país se paró frente a ellas; los que modificaron dramáticamente esa perspectiva. Un “socialismo” y un “marxismo” burocratizados y fosilizados, donde en nombre de la “dictadura del proletariado”, un sector de funcionarios alejados del palpitar diario de las masas ejercían en realidad una dictadura de los burócratas, sellaron la suerte de esa experiencia, cuando nuevas realidades del mundo exigían una mente abierta, un debate sin dogmatismos y sobre todo con amplia participación del pueblo, para enfrentar esos desafíos. La incapacidad de ese “socialismo” para encarar las realidades de fines del siglo XX, no debe hacernos perder de vista los avances que se habían logrado, y sobre todo la confianza en la posibilidad de construcción de modelos socialistas superadores, especialmente a la vista de la calamidad que el capitalismo muestra para la Humanidad, precisamente en este período histórico como pocas veces antes.
A contracorriente de lo que ocurría con el modelo eurosoviético, Cuba, que todos suponían absolutamente dependiente de la URSS y ligada a su destino, a través de un proceso de profundización democrática y participación popular, fue el único país socialista que escapó al vendaval que barrió al “socialismo real”, en el resto del mundo. A principios de los ´90 un “gusano” cubano publicó un libro titulado: “La inminente caída de Fidel Castro”. Luego de un tiempo lanzó una segunda edición llamada “La inevitable caída de Fidel Castro”. Luego, no publicó más ediciones....
“El marxismo no es un dogma, sino una guía para la acción”, había dicho Federico Engels frente a la tumba de Carlos Marx. La construcción de nuevas propuestas y modelos que, basándose en las experiencias y los aportes teóricos de estos fundadores, sean capaces de dar respuesta a las necesidades de los pueblos en esta nueva etapa, es un proceso en desarrollo.
El Foro Social Mundial, donde confluyen militantes y pensadores de todas las latitudes, algunos marxistas, otros no; es tal vez el reflejo más claro y actual de esta búsqueda, al lado claro está, de las experiencias de lucha de los pueblos de todo el mundo que ese foro busca reflejar.
Frases como “Fin de la Historia”, intentan desarmar a los trabajadores y los sectores populares alejándolos de esa búsqueda, empujándolos a resignarse y a aceptar el triunfo del capitalismo como definitivo e irreversible. Los ideólogos de la burguesía tienen razones sobradas para pretender convencer a los pueblos de esta falacia: La primera experiencia de gobierno obrero en el mundo duró dos meses y abarcó una sola ciudad en el mundo (Comuna de París, 1871). Antes de ella, la burguesía sostenía que era imposible. Después, que su aplastamiento a sangre y fuego demostraban su fracaso imposible y su inviabilidad. Muchos luchadores populares se dejaron convencer de ello y así nació el reformismo socialdemócrata como camino alternativo al de la Revolución Socialista. Otros en cambio, estudiaron a fondo ese laboratorio social y político que fue la Comuna de París, pero para superar sus errores y formular nuevos proyectos revolucionarios. La Revolución Rusa de 1917 fue el resultado. El ciclo allí abierto duró más de setenta años y llegó abarcar a más de un tercio de la Humanidad. Incluso continúa hoy en Cuba.
La burguesía tiene razón al estremecerse con la idea que un nuevo ciclo de transformaciones socialistas sea posible, ya que ¿Cuál será su alcance esta vez? Los revolucionarios en cambio, debemos entusiasmarnos con esta posibilidad y trabajar para concretarla.
 
 
17.—Preguntas acerca del Socialismo
 
¿Puede funcionar nuestro sistema económico sin capitalistas?
Cambiemos solamente la última palabra dé la pregunta y encontraremos que esta pregunta típica ha sido hecha en cada período de la historia. Hace 400 años, la pregunta en Europa era: ¿Puede funcionar nuestro sistema económico sin los señores feudales? Y en los tiempos del Imperio Romano la pregunta era: ¿Puede funcionar nuestro sistema económico sin los señores esclavistas?
Así como la sociedad demostró que podía funcionar perfectamente sin los señores feudales y sin los señores esclavistas, así también ha demostrado que puede funcionar sin capitalistas. Debe hacerse una distinción entre los capitalistas y los medios de producción que ellos se apropian como capital. La sociedad no puede, por cierto, prescindir de los medios de producción —la tierra, las minas, materias primas, máquinas y fábricas—. Ellos son esenciales. Esta diferencia ha sido muy bien explicada por un escritor; "Decir que no podemos trabajar sin capital es tan cierto como decir que no podemos hacer la siega sin una guadaña. Decir que no podemos trabajar sin un capitalista es tan falso, como decir que no podemos segar un potrero, a menos que todas las guadañas pertenezcan a un hombre. No sólo eso; es tan falso como decir que no podemos hacer la siega a menos que todas las guadañas pertenezcan a un hombre, y que éste tome un tercio de la cosecha por el préstamo de ellas."
En tanto que los capitalistas se dedicaban a las funciones de administración, en tanto trabajaban algo, eran necesarios; pero ahora que se limitan solamente a las transacciones de la bolsa, ganando dinero sin hacer nada y alquilando a gerentes para que administren sus fábricas, ellos ya no son esenciales.
El derecho sobre los medios de producción, propiedad que tuvo una función útil en su tiempo, se ha convertido ahora en una función parasitaria. ¿Y quién puede negar que nuestro sistema económico puede operar —mejor que en cualquier época anterior— sin los parásitos? 
La médula del problema es que hemos alcanzado un punto en que nuestra sociedad no solamente puede, sino que debe funcionar sin los grandes capitalistas, puesto que el poder que ellos tienen como propietarios de los medios de producción está siendo utilizado para mantener un perpetuo estado de incertidumbre, cesantía, miseria y aventuras de toda especie.
 
¿Trabajará la gente sin el incentivo de la ganancia?
La mejor respuesta a esta pregunta es que la mayor parte da la gente está trabajando —en este mismo momento— dentro de la sociedad capitalista, sin el incentivo de la ganancia. Pregunte usted al trabajador de una fábrica textil cualquiera, cuántas ganancias recibe él por su trabajo, y le dirá muy correctamente que no está obteniendo ganancia alguna, que las ganancias van al dueño de la fábrica textil. ¿Por qué trabaja, entonces, el obrero?
Si la ganancia no es su incentivo: ¿Qué es, entonces? La mayor parte de las personas en la sociedad capitalista tienen que hacerlo, porque no queda otro remedio. Si ellas no trabajan, no comen. La cosa es muy sencilla. Ellos trabajan, por salarios, a fin de tener la indispensable para alimentarse, vestirse y encontrar un techo para él y los familiares. Bajo el régimen socialista también la gente tiene que trabajar para ganarse la vida, Pero el socialismo ofrece muchos otros incentivos al trabajador, que son imposibles bajo el capitalismo. ¿En razón de qué los trabajadores mismos se esfuerzan dentro del socialismo en aumentar la producción? Bajo el socialismo, la atracción de trabajar duro y parejo se basa en que es la sociedad como un todo la que recibe los beneficios. No pasa lo mismo en el capitalismo. Aquí el resultado de un esfuerzo extraordinario no beneficia a nadie, excepto a los capitalistas que perciben la ganancia. En un caso tiene sentido trabajar con entusiasmo; en el otro caso, no tiene sentido. En un sistema el trabajador siente el deseo de dar el máximo de sí mismo; en el otro, ha de hacer lo menos posible; uno es un sistema que excita la imaginación y eleva la moral; el otro es un sistema que achata y deprime al trabajador.
Con frecuencia se objeta que si bien es cierto lo anterior, para el trabajador medio, para quien el incentivo de la ganancia es completamente ilusorio, no pasa lo mismo con el hombre de genio, el inventor o el capitalista emprendedor, para quienes el incentivo de la ganancia es bien real.
 
¿Es efectivo que es el deseo de riquezas lo que alienta a científicos e inventores a t